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Opinión | Punto de vista

Roberto García Sánchez

La demolición del lenguaje

Las conversaciones reflejan el lenguaje informal y en muchas ocasiones soez

Las conversaciones reflejan el lenguaje informal y en muchas ocasiones soez / La Provincia

Hay una erosión que no hace ruido, no estalla en titulares, no convoca manifestaciones ni despierta alarmas colectivas. No hay un instante preciso en el que podamos decir «aquí empezó todo», y, sin embargo, avanza, se infiltra en las conversaciones cotidianas, en las aulas, en los espacios donde debería cultivarse la palabra. Es la lenta pero persistente degradación del lenguaje, el empobrecimiento de la expresión, el día –cada vez más cercano– en que dejemos de saber hablar.

No se trata de una nostalgia estéril por un pasado idealizado, ni de un gesto elitista que desprecia las transformaciones naturales de la lengua. Toda lengua vive se transforma, muta con el tiempo, pero una cosa es la evolución orgánica del lenguaje y otra muy distinta es su empobrecimiento sistemático. Lo que hoy observamos en amplios sectores de la juventud no es una renovación expresiva, sino una contracción preocupante de los recursos lingüísticos.

El habla se ha llenado de muletillas que funcionan como andamiajes precarios: «en plan», «tipo», «literal». Palabras que, lejos de enriquecer el discurso, lo sustituyen, pues no matizan, no precisan, no aportan contenido; simplemente ocupan el lugar donde debería haber pensamiento articulado. Se repiten con una frecuencia casi compulsiva, como si sin ellas el hablante quedara suspendido en el vacío, incapaz de sostener una idea.

Y ahí comienza la inquietud.

El lenguaje no es un simple instrumento de comunicación, es la arquitectura misma del pensamiento; no pensamos primero y luego hablamos, sino que pensamos hablando. Las palabras no solo expresan ideas, las construyen. Cuando el vocabulario se empobrece, cuando la sintaxis se simplifica hasta lo rudimentario, cuando las frases se fragmentan en unidades inconexas, no solo estamos hablando peor, estamos pensando peor.

La dificultad creciente para organizar un discurso coherente no es un problema superficial, es un síntoma. La incapacidad para encadenar ideas, para desarrollar un argumento, para matizar una opinión, revela una fragilidad cognitiva más profunda. Donde falta lenguaje, falta pensamiento; donde el discurso se reduce a fórmulas repetidas, la reflexión se vuelve imposible.

No ocurre de forma brusca. Nadie pierde de un día para otro la capacidad de expresarse, es un proceso gradual, casi imperceptible. Primero se simplifican las frases, luego se sustituyen palabras por comodines, más tarde se abandonan las estructuras complejas y, finalmente, el discurso queda reducido a una sucesión de expresiones vacías, sostenidas por muletillas que intentan ocultar la ausencia de contenido.

El resultado es una comunicación que aparenta fluidez, pero carece de profundidad, se habla mucho, pero se dice poco y, además, hay algo profundamente engañoso en esta forma de hablar porque genera una ilusión de competencia comunicativa. El discurso fluye, no hay silencios incómodos, las frases se encadenan sin interrupción, pero esa fluidez es, en muchos casos, puramente superficial. Bajo ella no hay precisión conceptual, ni riqueza léxica, ni estructura argumentativa; es un lenguaje que ocupa espacio, pero no construye significado.

No hay que olvidarlo, la palabra es una de las herramientas más poderosas que posee el ser humano, a través de ella interpretamos el mundo, construimos relaciones, elaboramos conocimiento, transmitimos cultura. Reducirla a un conjunto de fórmulas repetitivas no es una simple pérdida estética, es una renuncia a una de nuestras capacidades más esenciales.

Una sociedad que empobrece su lenguaje empobrece su pensamiento.

Porque la complejidad del mundo exige un lenguaje capaz de nombrarla. Las realidades matizadas, los problemas éticos, las ideas abstractas, no pueden expresarse con un vocabulario limitado ni con estructuras rudimentarias. Cuando el lenguaje se vuelve incapaz de captar esa complejidad, el mundo mismo comienza a percibirse de forma más simple, más plana, más superficial.

Y lo que no se puede nombrar con precisión, difícilmente se puede comprender.

Hay también un componente cultural que no debe ignorarse. La inmediatez de las redes sociales, la comunicación fragmentaria, la primacía de lo rápido sobre lo elaborado, han contribuido a consolidar este modelo de expresión. El lenguaje se adapta a la velocidad, se comprime, se simplifica, se reduce a lo esencial –o, más bien, a lo mínimo–, pero en ese proceso se pierde algo fundamental, la capacidad de detenerse, de elegir la palabra justa, de construir una frase con intención.

Hablar bien exige esfuerzo, exige atención, lectura, escucha y práctica. Exige un compromiso con la precisión y con el sentido. No es una habilidad espontánea que se desarrolla sin cultivo; es una disciplina intelectual y, como toda disciplina, si se abandona, se debilita.

El problema no es que existan nuevas formas de hablar, el problema es que esas formas sustituyan por completo a las anteriores, que no haya alternativa, que el hablante no pueda salir de ese registro empobrecido porque carece de herramientas para hacerlo. Entonces ya no estamos ante una elección estilística, sino ante una limitación estructural.

Y esa limitación tiene consecuencias.

Una persona que no puede expresarse con claridad difícilmente podrá defender sus ideas, matizar sus opiniones o comprender discursos complejos, se vuelve más vulnerable a la simplificación, a la manipulación, al pensamiento dicotómico. Porque sin lenguaje no hay matiz y, sin matiz, no hay pensamiento crítico.

No se trata de exigir una retórica grandilocuente ni un academicismo estéril, se trata de preservar algo mucho más básico y, al mismo tiempo, más esencial, esto es, la capacidad de decir con precisión lo que se piensa, de encontrar la palabra adecuada y de construir una frase que no necesite apoyarse constantemente en muletillas para sostenerse.

Recuperar el lenguaje no es una cuestión estética, es una necesidad intelectual, porque en última instancia, lo que está en juego no es solo la forma en que hablamos, sino la forma en que pensamos, en que comprendemos el mundo y en que nos relacionamos con él. Si el lenguaje se empobrece, la experiencia misma se empobrece y quizá el verdadero peligro no sea que los jóvenes hablen de una manera distinta, sino que lleguen a no poder hablar de otra.

Cuando una generación pierde la riqueza de su lenguaje, no solo pierde palabras, pierde mundo.

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