Opinión | RETIRO LO ESCRITO
Un enemigo formidable
Canarias es actualmente la tercera comunidad autonómica española con más personas en rehabilitación por consumo de alcohol, drogas y psicofármacos

Laboratorio de sanidad de analisis de droga. / PILAR CORTES
A mediados de la década de los noventa se hablaba y se escribía mucho sobre las drogodependencias en Canarias. Durante los veinte años previos la situación solo había empeorado. Incluso en la agenda política las drogodependencias se incorporaron a la retórica y a los presupuestos públicos. En 1995 o 1996 se creó la Dirección General de Atención a las Drogodependencias, que fue encargada a Guillermo Guigou, un médico militante del PP y especialistas en toxicomanías, que en general desarrolló un buen trabajo. Lo que terminó articulándose fue una colaboración sistemática a través de programas asistenciales y subvenciones entre las administraciones públicas y unas entidades privadas que básicamente atendían y trataban a loa drogodependientes bajo control facultativo. Hasta entonces se vivió un tiempo espeluznante donde las drogas campaban sin problema ni atención de nadie: muertos con jeringuillas clavadas en el brazo, familias arruinadas económica y emocionalmente, carreras académicas o profesionales destrozadas, enfermedades crónicas –físicas y psicológicas -- que muchos todavía soportan.
En el cambio de siglo, tal vez, la heroína comenzó a ser sustituida, sobre todo, por la cocaína, la alegría universal. Todo el mundo consumía farlopa: el polvo blanco se extendía por todas las clases sociales, por todos los ambientes, por todos los apeaderos. Colas en los baños de bares y pub para hacerse unas rayas sobre las tripas de una madrugada insignificante, obreros esnifando al mediodía sudor y coca, abogados en los juzgados pegándose unos tiritos con la corbata metida en la camisa para que se no manchase, camareros y pinches que salían un rato de la cocina del restaurante para mandarse rápidamente medio gramo en el callejón, de espaldas a la brisa.
Cuando empezaron a popularizarse las pirulas, las drogas de diseño, también lo hicieron con el mismo éxito comercial y el mismo uso libérrimo. En los bares, en las terrazas, en los clubes, en centros de trabajo, al principio y al final de fiestas públicas y privadas, jamás vi asomar la placa de un policía, aunque sí, a veces, su nariz tragona. Todo el mundo sabía donde pillar y a los vendedores, extrañamente, jamás los pillaban, pese a atenderte sentando en el mismo bareto a las mismas horas durante meses, años, lustros enteros. Te acercabas a esos sitios tranquilamente, como ahora vas a compras el kéfir en Mercadona. Guillermo Guigou explicaba que las drogodependencias eran el principal problema de salud pública de Canarias. Y tenía razón.
Hoy, mágicamente, las drogas han desaparecido de esa agenda pública que impulsa o sepulta, ordena o desordena la conversación civil. Cabe suponer que este silencio (parcial) se debe a que el país cuenta con una red asistencial público-privada de la que no disponía a principios de siglo. Pero desde hace ya tiempo dicha red está sufriendo problemas de saturación y muchos drogodependientes – entre los que se lo pueden permitir – están siendo tratados en la Península cada vez más frecuentemente. Las drogodependencias siguen siendo uno de los principales problemas de salud pública de Canarias, aunque han tomado fuerza otros, como la obesidad, la diabetes o la depresión. En 2023 unas 55.000 personas fueron atendidas en las islas por adicciones, de las cuales más de 11.700 recibieron tratamiento farmacológico, psicológico y conductual.
Canarias es actualmente la tercera comunidad autonómica española con más personas en rehabilitación por consumo de alcohol, drogas y psicofármacos, según datos del Ministerio de Sanidad de 2025. El número de mujeres drogodependientes o adictas se ha duplicado en poco más de cinco años y, por supuesto, tiene su propio sesgo característico, con un consumo de tranquilizantes y somníferos que no para de crecer. Las drogodependencias no han sido derrotadas. Ni siquiera arrinconadas. Representan un enemigo formidable individual y colectivamente. Y lo más preocupante reside en nuestra desoladora incapacidad para prevenirlas en las familias y en los barrios, en las escuelas y en las universidades.
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