Opinión | Notas del móvil
Solo podemos regalar bien un libro desde la pausa

Día del Libro
Creo que hay pocas cosas tan íntimas como regalar un libro. Sí es verdad que podemos intentar que sea casual, que no tenga peso, dar el libro en la mano sin nada más que lo abrace. Pero considero que es inevitable que en algún momento se establezca algo más que ese simple intercambio.
Es como una situationship: es casi imposible que una de las personas involucradas no acabe profundizando más en la relación que la otra. Lo mismo pasa al regalar un libro: es profundizar en la otra persona.
El que regala tiene que buscar, elegir, cojo este que me gustó mucho, he oído muy buenas reseñas de este otro, ay pero este me recuerda a ella. El que recibe el libro tiene que traducir el detalle: recordó que le había comentado que me gustaba este, se lo habrán recomendado y pensó que me gustaría, le recordó a mí. Sea cuál sea el contexto, o la relación entre regalador y regalado, se profundiza en el vínculo, para bien o para mal, a través del libro como regalo.
Recuerdo que unas navidades una persona que estaba en mi familia y ya no me regaló una novela cuyo nombre, al igual que el del regalador, no revelaré. A mí me hizo mucha ilusión porque rara vez me regalan libros en las fiestas y, además, no había escuchado de este y me llamó la atención.
Fue de esos libros que comencé sin leerme antes la sinopsis pensando: quiero sorprenderme. Emocionado, abrí la tapa dura, acaricié las primeras páginas y comencé a leer. Sin embargo, para mi sorpresa, en el primer capítulo, el protagonista revelaba tener cuatro enfermedades terminales, haber perdido a sus padres y, por lo tanto, estaba completamente deprimido.
Me quedé tieso. No he sido nunca muy fan de las historias escatológicas, trágicas y mucho menos relacionadas con temas de enfermedades. No recordaba haber manifestado que algo así me podría llamar la atención, así que no entendía qué había llevado a esta persona a regalarme un libro tan ajeno a mí. Así que lo cerré, lo puse en mi estantería y ahí cogió polvo hasta que meses después decidí donarlo.
Nunca le comenté nada al regalador, pero cambié la idea que tenía sobre nuestra relación. Si me lo había regalado pensando en mí, no me conocía, y si lo había hecho por descarte, pues tenía un pésimo criterio.
Es por eso que me gustan fechas como las del Día del Libro. Porque los libros se regalan con intención. Es hacer (bien o mal) el ejercicio de parar, y ver a nuestros seres queridos desde la lente de la literatura, averiguar qué historia encaja más con cada quién y qué queremos dejarles saber a través de ella.
Porque la intimidad solo se construye a través del silencio y la observación. Así que en un mundo de ruido, scroll y constante estímulo, solo podemos regalar bien un libro desde la pausa.
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