Opinión | Un carrusel vacío

Profesora, Dra. en Literatura española. Premios de poesía: Carmen Conde, León Felipe, Paul Beckett.
Las mayúsculas no están de moda

Letras mayúsculas en el teclado de un teléfono móvil. / Shutterstock
Hablemos de ortografía. Cuando corrijo un examen de Lengua castellana, veo todo tipo de barbaridades ortográficas, pero hay dos que me inquietan sobremanera en los últimos años, y no me refiero a la tradicional ausencia de tildes. Es algo peor: muchos adolescentes ignoran los signos de puntuación y las mayúsculas, por no hablar del signo de apertura de la interrogación. Las redacciones se convierten, así, en una retahíla de palabras en minúscula sin comas ni puntos. Si les pregunto la razón de esos olvidos que a veces parecen premeditados, se justifican diciendo que están acostumbrados a escribir igual que en el chat de WhatsApp. Y en este punto es cuando cada uno de nosotros debemos hacer una pequeña autocrítica.
Tendríamos que preguntarnos: ¿cómo escribimos en Whatsapp? La mayúscula aparece de manera automática al comienzo de cada oración, pero ¿quién escribe los signos de apertura de exclamación y de interrogación, que implican dejar la tecla pulsada durante dos segundos? Pensamos: es WhatsApp, y nos los saltamos, porque queremos escribir rápido. Hace unos diez años, me replanteé esta cuestión y me esforcé por usarlos. Acabé acostumbrándome. No me ha ocurrido lo mismo, sin embargo, con los puntos finales de los mensajes, porque existe una interpretación inconsciente en mi generación y las posteriores que asimila los puntos finales a un tono seco o cortante. Lo intento, pero me cuesta, porque pienso en la posible interpretación del receptor.
Una vez realizada esta autocrítica, debemos situarnos en el lugar de los adolescentes actuales, que prácticamente han nacido con un teléfono móvil bajo el brazo, y comprender lo difícil que tiene que resultar para ellos no contagiarse del lenguaje de chat. Al fin y al cabo, mi generación –los “millennials”, nos llaman– empezamos a acceder a los ordenadores ya en la adolescencia –¡ay, el Messenger!–, y el Internet en los móviles llegó mucho después. Hubo una etapa previa de escritura a mano.
Ahora muchos adolescentes desactivan las mayúsculas automáticas en el teclado del móvil para poder escribirlo todo en minúscula. Las mayúsculas no están de moda. Sin embargo, eso no es lo peor. Resulta que bastantes adultos –nacidos en los noventa y más tarde– también siguen esa costumbre para parecer “modernos” y “juveniles”. Es muy habitual en el mundillo literario, por ejemplo, encontrar publicaciones en redes sociales en las que sus autores se esfuerzan por escribir sin mayúsculas ni signos de puntuación, tratando de demostrar una actitud naif claramente impostada, porque resulta evidente que todos saben redactar bien. Junto a las particularidades ortográficas, abundan en estos perfiles descripciones del estilo “a veces escribo cositas”, “escribo y cuido gatitos”, “poemitas y musiquita”, “quiero ser feliz”, “me gustan las cosas bonitas”, etc. Todo lleno de diminutivos, emoticonos, falso infantilismo que intenta demostrar que pueden ganar premios internacionales sin ser demasiado intelectuales, pero, en realidad, se trata de una imagen cuidadosamente elaborada.
Si acudimos a la historia, descubriremos que, en latín, todo se escribía con mayúsculas, y fue en la Edad Media cuando se empezaron a combinar con las minúsculas para incrementar la agilidad de la escritura. También en esta época se fueron introduciendo los signos de puntuación en los textos. Con la imprenta llego la sistematización de las normas que hoy conocemos. No fue hasta el siglo XVIII cuando se estableció el uso de los signos exclamativos e interrogativos de apertura, que constituyen un rasgo único de nuestro idioma.
Ahora cabe preguntarse qué va a pasar, si en una década o menos los hablantes se empeñan en ignorar las reglas que han tardado siglos en estabilizarse. Si la norma debe adaptarse a la evolución de la sociedad, ¿hacia dónde nos dirigimos? A mí, sinceramente, me angustia la perspectiva de alcanzar una situación en la que se escriban textos sin pausas ni mayúsculas y que eso sea lo correcto.
Hace unas semanas, publiqué en este medio una columna que dio lugar a cierta polémica en los comentarios. Más allá del tema, un usuario le criticaba al otro que escribiera sin tildes y con algunas incorrecciones ortográficas, en general. El otro alegaba que lo relevante es el contenido y no la forma, y no se molestaba en corregirse. Esta actitud me sorprendió viniendo de una persona que parecía culta y formada. Considero que el problema no es equivocarse –hay gente que no ha tenido las mismas oportunidades–, sino jactarse de dichos errores, en vez de rectificar. Lo contrario sería como desactivar voluntariamente las mayúsculas en el móvil.
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