Opinión | Claroscuro
Saray Encinoso
El derecho a tener derechos

Unos niños juegan en una escuela infantil de Tenerife / Andrés Gutiérrez
Los niños tienen infancia: se tiran por el tobogán en el parque, traen dibujos del colegio, sueñan con ser médicos, astronautas, jugadores de fútbol. Se llaman Julia, Pablo, Luis, Óliver. Piden arándanos y chocolate para merendar. Los menas -menores extranjeros no acompañados- no juegan, no tienen rotuladores, no saben qué es el futuro. Su narrativa -la que otros han elegido por ellos- dice que casi todos son delincuentes o acabarán siéndolo, que engañaron al sistema para entrar en Europa, que es posible que ya hayan sido captados por redes de prostitución, que su destino solo pasa por cargar bloques en una obra, servir mesas o acompañar a nuestros padres en sus últimos años de vida. No tienen nombre que los sujete al mundo, solo un acrónimo que los unifica y difumina, que levanta otra frontera entre ellos y nosotros, una frontera que no se cruza a bordo de ninguna patera o cayuco.
Estas definiciones no aparecen en el diccionario, pero no son solo mías; forman parte del imaginario que hemos construido gracias a la forma en la que algunos discursos políticos manosean el lenguaje. Ocurre en Canarias y en todo el mundo. Cuenta Patricia Simón en su ensayo Narrar el abismo que, en pleno genocidio en la Franja de Gaza, Israel intentó, una y otra vez, convencer a la prensa internacional de que en sus crónicas no utilizara la palabra niños, que la sustituyese por menores. La manera de nombrar siempre ha servido para humanizar o deshumanizar, para acercar o alejar, para integrar o expulsar.
Que la inmigración es inherente al ser humano y, al mismo tiempo, un fenómeno complejo es algo tan evidente que no sé si merece la pena repetirlo. Por eso, no tiene mucho sentido encarar el debate público en términos de estar ‘a favor’ o ‘en contra’, porque los movimientos de personas se han dado siempre y van a seguir dándose. Como recuerda Hein de Haas en Los mitos de la inmigración, 23 falsos mantras sobre el tema que más nos divide, hacerlo es como preguntar a un economista si está a favor o en contra de la economía.
Lo que sí parece necesario es desmontar algunas ideas que simplifican el fenómeno. La migración no se encuentra en máximos históricos. Tampoco se dirige mayoritariamente hacia Europa, ni adopta siempre las formas más presentes en el relato mediático –como las embarcaciones precarias–; a menudo se produce en aeropuertos, en escenas administrativas que no dejan imágenes. La movilidad humana es, sobre todo, regional: la gente se desplaza cerca, muchas veces con la expectativa de poder regresar. Y es en esos espacios próximos, menos visibles, donde se concentran muchas de las grandes crisis de refugiados, aunque rara vez ocupen titulares en nuestros medios.
Tampoco es verdad que la migración disminuya automáticamente cuando los países de origen mejoran: a mayor formación y mayores expectativas, más voluntad de moverse. Ni que vaya a resolver el envejecimiento de las sociedades occidentales –los volúmenes actuales no son capaces de invertir por sí solos una tendencia estructural–, ni que las remesas tengan un impacto determinante en el producto interior bruto de los países de origen. Es igualmente incierto que la inmigración incida de manera homogénea en la población de los países receptores: sus efectos son desiguales, no impacta de la misma forma en las personas con mayores recursos que en aquellas en situaciones más vulnerables. La realidad es, en cualquier caso, mucho más compleja que los relatos que solemos escuchar.
Conocer todos estos sesgos no resuelve los desafíos que conlleva la integración en los países receptores, pero propone una conversación y no una guerra de trincheras. La inmigración no es ni un remedio milagroso ni una amenaza. Es un proceso humano, desigual y condicionado por contextos muy distintos. Un hecho que no va a desaparecer. Existen mitos para todas las orientaciones ideológicas y, como ocurre con frecuencia, tendemos a aferrarnos a aquellos relatos que mejor encajan con nuestra forma de ver el mundo.
Podemos seguir haciéndolo, pero la única certeza es que las personas se mueven y seguirán moviéndose. Que quien es capaz de subirse a un cayuco o a una patera, o de atravesar desiertos, lo hace para dejar atrás un destino que nadie querría para sí mismo ni para los suyos. Y que detrás de esos desplazamientos hay siempre lo mismo: seres humanos que, como afirmaba la filósofa Hannah Arendt, deberían poder ejercer su derecho a tener derechos. Un derecho que empieza por algo tan elemental como ser nombrados. Y mientras el lenguaje los reduzca a una etiqueta, ese derecho seguirá incompleto. Dejemos de decir menas.
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