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Opinión | El recorte

El lado correcto

We Can Do It! Poster de propaganda de la Segunda Guerra Mundial

We Can Do It! Poster de propaganda de la Segunda Guerra Mundial / Westinghouse Electric

Eso de estar del lado correcto de la historia, que dicen algunos, es una temeridad, porque la historia del futuro, que es el presente, aún no está escrita. Neville Chamberlain, primer ministro del Reino Unido, creyó ingenuamente que la Alemania de Adolf Hitler podría ser apaciguada con diplomacia. Los horrores de la Primera Guerra Mundial estaban demasiado cerca y Chamberlain no quería otro matadero en las trincheras del continente. Se colocó en lo que él consideraba el lado bueno de la historia y en 1938 regresó a Londres con el ‘acuerdo de Múnich’ en el que aceptaba la anexión a Alemania de la región de Los Sudetes (Checoslovaquia). «Por segunda vez en nuestra historia un primer ministro británico ha regresado de Alemania trayendo la paz con honor», dijo. Su adversario, Churchill, le contestó de forma brutal: «Os dieron a elegir entre el deshonor y la guerra, elegisteis el deshonor y tendréis la guerra». Acertó. Hitler incumplió los acuerdos, invadió toda Checoslovaquia y después Polonia. Luego Europa estalló en llamas.

Chamberlain, el de «no a la guerra», pasó a la historia como un pardillo que le había regalado a Hitler un tiempo precioso para preparar sus ejércitos. Y Churchill, que desde el principio fue partidario del enfrentamiento, se consagró como un héroe.

Cuando se mira la historia desde la distancia todo parece muy simple. Pero está plagada de recovecos. El presente, donde no hay perspectiva, es incluso más confuso. Hay personajes impopulares, como Trump, por sus excesos y su matonismo verbal. Pero pertenece a la categoría de líderes elegidos democráticamente por los ciudadanos de su país, como ocurrió con el famoso cabo con bigotito que nos llevó a la carnicería de la segunda Gran Guerra. El premio Nobel de la Paz, Obama, demócrata convencido, ordenó ejecutar en su casa de Pakistán al famoso terrorista Osama Bin Laden y de paso a varias mujeres que le acompañaban. El presidente Truman ordenó lanzar las primeras bombas atómicas sobre dos ciudades japonesas para disuadir a Japón de seguir resistiendo. Y altos mandos aliados, en el lado correcto de la historia, causaron decenas de miles de muertos civiles en bombardeos de ciudades como Dresde, Hamburgo o Tokio.

Un periodista demócrata y liberal, Manuel Chávez Nogales (‘A sangre y fuego’) escribió un descreído presagio sobre el final de la Guerra Civil española. «No me interesa gran cosa saber que el futuro dictador de España va a salir de un lado u otro de las trincheras. Es igual. El hombre fuerte, el caudillo, el triunfador que al final ha de asentar las posaderas en el charco de sangre de mi país y con el cuchillo entre los dientes –según la imagen clásica– va a mantener en servidumbre a los celtíberos supervivientes, puede salir indistintamente de uno u otro lado». Acertó. Durante el siguiente medio siglo el lado correcto de la historia fue el de una dictadura que había salvado España de una horda comunista. Después de otro medio siglo de democracia y libertad, el lado correcto parece ser el de los vencidos.

Al final uno termina pensando que el verdadero lado correcto es el de quienes huyen del manicomio. Los valientes mueren haciendo historia. Son los supervivientes los que la escriben.

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