Opinión | Azul y blanco
María José Hernández García
(F)ilosofía (R)eal

El ministro de la Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes, Félix Bolaños
Caía el sol, tras las cumbres de la sierra. Desde las ventanas de la regia residencia, sólo se dibujaban las siluetas de la arboleda situada al frente de la finca cercada. En el interior, la cena había acabado.
Pese a la ingesta, su tez estaba pálida. Lucía ceño fruncido y espalda encorvada; todo ello señal del dolor que llevaba en su alma. Se dirigió a su despacho. Allí, en soledad, se sirvió una copa de vino español, que cogió con su mano izquierda. Llevaba el reloj en su muñeca derecha. Miró la hora. Resolvió escribir unas líneas, que aliviarían el profundo pesar que lo embargaba.
Apreciados conciudadanos: Mi compromiso con vosotros es indubitado. Permanecí a vuestro lado cuando estallaron las entrañas de La Palma, y las noches de aquel postrero cuatrimestre del año 2021 se tornaron rojas y naranjas y los días oscuros y cenizos. El bramido furioso de las entrañas de la Tierra aún retumba en nuestras mentes.
Todos estamos orgullosísimos de nuestra vigente Constitución. Recuerdo que era niño cuando, aquél 6 de diciembre de 1978, el pueblo de España la refrendó masivamente con especial alegría, la que preludia el comienzo de una gran gesta. Sentimos el hermanamiento entre quienes pensaban distinto; pero se elevaron sobre sus diferencias abrazando la reconciliación y el perdón. Abríamos entre todos la puerta hacia otra dimensión ilusionante entonces. Comenzaba la era de nuestra actual democracia con su arco de bóveda: la separación de los poderes del Gobierno, del de las Cortes Generales y del de los Jueces.
Como Jefe del Estado, y como reza en nuestra Norma de cabecera, soy árbitro y moderador en el funcionamiento de las instituciones. Es sabido que la Justicia se administra en mi nombre por jueces y magistrados independientes, sometidos únicamente al imperio de la ley.
El Ministro de Justicia, D. Félix, con una mirada felina e iracunda, afirmó que iba a seguir criticando a un miembro de la judicatura porque era su obligación denunciar las injusticias. En cada palabra proferida se respiraba el vaho de ataque premeditado.
Se ha de sentir respaldado para asestar ese golpe en nuestros cimientos democráticos. Tal vez será porque el Tribunal Constitucional, otrora encargado de la protección de las Libertades Públicas y Derechos Fundamentales, está actualmente envuelto en una manta de candidez que los ha demudado a una fundamental lista. Pareciera que desde aquél fatídico momento en que no se obtuvo el ansiado puesto en el Alto Tribunal, se eligió la enmienda de sus supremas resoluciones como camino de venganza.
El comentario de Bolaños rezuma efluvio de vasallaje. Y esto me exonera de todo refrendo gubernativo; me desnuda de mi irresponsabilidad impuesta para que brille con fuerza la letra de la Constitución. Como cabeza (visible) de la Primera Institución del Estado, su Jefatura, no he de callar. No más otorgamiento. No más silencio. (F.R.).
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