Opinión | Un carrusel vacío

Profesora, Dra. en Literatura española. Premios de poesía: Carmen Conde, León Felipe, Paul Beckett.
Regreso a Vetusta

Regreso a Vetusta / El Día
Guerras, muerte, megalómanos que amenazan el planeta… El mundo se derrumba y nosotros… hablamos de la nueva pareja de Aitana Sánchez Gijón, Maxi Iglesias, que es veintidós años menor que ella, lo cual genera combustible infinito para la prensa rosa. Desde que hace unas semanas los sorprendieron besándose en plena calle, la polémica sobre la diferencia de edad en las relaciones ha vuelto a reactivarse. Lo gracioso es que hace unos años, en la serie de televisión Velvet, los personajes que interpretaban (doña Blanca y Max) también vivieron un polémico romance ambientado en los años cincuenta, por lo que el nivel de escándalo era bastante mayor que en la realidad, porque ya está socialmente aceptado, en general, que una mujer pueda tener una pareja más joven; de hecho, son muchas las “famosas” que predican o han predicado con el ejemplo: Cher, Madonna, Najwa Nimri, Jennifer López, Shakira, Elsa Pataki, Paula Echevarría…
Es un alivio que, tras siglos viendo –e incluso fomentando, a través de los matrimonios concertados– que los hombres puedan tener parejas femeninas más jóvenes, al menos en occidente estemos superando la cuestión de criticar a las mujeres que hacen lo mismo. Muchos aluden a cuestiones biológicas: que la edad reproductiva de la mujer tiene un límite, pero ¡sorpresa! Resulta que hay muchas mujeres actualmente que no sienten la maternidad como una prioridad en su vida, lo cual es muy respetable, porque ser madres no es nuestro único papel en el mundo, del mismo modo que no lo es el de padres para los hombres.
Para que una relación con diferencia de edad funcione a largo plazo –y este no tiene por qué ser el deseo de sus integrantes–, lo importante es que ambos tengan los mismos objetivos vitales, a pesar de encontrarse en diferentes etapas, y que la persona mayor no trate de manipular o de imponer su criterio a la más joven, ejerciendo una especie de paternalismo. Yo he experimentado las dos situaciones: ser la más joven y ser la mayor en una pareja, y mi conclusión es que el problema suele estar en la personalidad de cada individuo, más que en la diferencia de edad –mientras esta no sea escandalosa–. Una persona puede ser prepotente o mentirosa a los veinte, a los cuarenta o a los cincuenta, y dañar a su pareja, tenga la edad que tenga esta.
Por supuesto, existen los casos en los que la persona mayor no es capaz de relacionarse con sus coetáneos debido a la necesidad de controlar a su pareja y buscan a alguien más joven, ingenuo y “manipulable”; o aquellos otros en los que el hombre –sí, aquí siempre es el hombre– busca mujeres jóvenes por puro afán machista –y, en este punto, muchos pensamos en Leonardo Di Caprio–. Estos fenómenos se detectan cuando sistemáticamente el hombre elige parejas más y más jóvenes, cada vez más. Pero en estas situaciones, la diferencia de edad es solo una circunstancia de la que se aprovechan ciertas personas con problemas emocionales; no puede generalizarse que siempre hay algo mal cuando existe esa diferencia, porque caeríamos en el prejuicio fácil.
Pero, más allá de todas estas consideraciones, la cuestión primordial es lo inquietante que resulta que todavía andemos juzgando y criticando relaciones ajenas, como si tuviéramos ese derecho, por mucho que la persona sea relevante en cualquier ámbito. Todo el mundo posee derecho a la intimidad, y sé que esta afirmación va en contra de la naturaleza de la prensa rosa, que sigue existiendo a estas alturas porque los seres humanos somos esencialmente cotillas.
Resulta irónico que uno de los papeles más destacados de la carrera de Aitana Sánchez Gijón fuera, precisamente, el de Ana Ozores, “La Regenta”: la protagonista de la célebre novela de Clarín cuya vida sentimental escandaliza a la rancia e hipócrita sociedad de Vetusta, que la acaba despreciando y aislando. En ciertos sentidos hemos avanzado muy poco desde el siglo XIX. Yo misma he llegado a experimentar ese desprecio proveniente de personas que se consideraban amigos míos y a las que no les agradó alguna decisión que tomé en el terreno sentimental, cosa que no les atañía, pero que les condujo a retirarme la palabra, habiendo protagonizado ellos mismos episodios como poco moralmente ambiguos en dicho terreno. Pero a mí, como amiga, nunca se me ocurriría meterme en un entierro en el que nadie me dio vela. La hipocresía social jamás dejará de sorprendernos, y tras ella están los celos, la envidia y el mero afán maledicente.
En conclusión: dejemos que Aitana y Maxi y tantos y tantos otros vivan su vida, que no somos nadie para juzgarlos. No nos convirtamos en vulgares ciudadanos vetustenses.
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