Opinión | Claroscuro
Saray Encinoso
Los libros que no voy a leer

Ifara Libros, uno de los comercios históricos de Santa Cruz de Tenerife / Andrés Gutiérrez
No sé cuántos libros tengo en las estanterías de casa, pero sí sé que un número importante -¿cien, doscientos?- aún espera su momento: el instante en que mis ojos se posen en su cubierta y piense «es este». A pesar de ello, y de que hay autores que incluso he olvidado que forman parte de mi biblioteca, no hay mes en el que no visite la librería -normalmente en más de una ocasión- y me traiga a casa un título nuevo. A veces para leerlo sobre la marcha; otras, para colocarlo en una especie de cola imaginaria que se arma y desarma sola, y cuyo orden ni yo misma soy capaz de descifrar, pero que acaba organizando mis lecturas.
Pensaba en ello al leer que la mitad de los libros que se publican en España no vende ni un solo ejemplar y que solo el 4,5% supera los cien. Estas cifras -difundidas en el último Congreso de Librerías y cuya interpretación ha sido discutida- han resucitado algunos viejos interrogantes: ¿se publica de forma compulsiva a pesar de que no hay lectores para tantos libros? ¿Qué sentido tiene esta sobreproducción? Puede que la pregunta de fondo no sea solo cuánto se publica o cuánto se vende, sino cuánto leemos realmente: cuántos libros compramos o acumulamos con intención de leer que acaban, sin embargo, postergados indefinidamente, una práctica tan íntima y personal que escapa a cualquier encuesta.
Umberto Eco decía que en su biblioteca personal tenía más de 30.000 títulos y que muchos de ellos no los había leído. Llamaba a ese universo de historias su antibiblioteca, y estoy segura de que lo decía con orgullo: cada ejemplar era una posibilidad que lo esperaba. Yo entiendo mi biblioteca, mucho más modesta, de la misma forma. Nunca he contado los libros que tengo, ni siquiera cuando me mudé y tuve que llenar cajas y cajas. Pero no compro ningún libro que no quiera leer.
Sin embargo, a veces también me he preguntado hasta qué punto me dejo arrastrar por esa dinámica de consumismo en la que vivimos. Y no siempre sé si debería echar un ojo a mis estanterías o pasarme por la biblioteca pública antes de bajar a la librería en busca del último libro con el que me he obsesionado o, simplemente, de algo que llame mi atención.
En una sociedad en la que todo tiende al exceso, más que el número de libros, series o películas que se producen cada año, me preocupa que consumamos sin que ese consumo nos cale. Recuerdo a personajes del cine y la televisión de mi infancia o adolescencia con cariño y cierta cercanía, pero a menudo soy incapaz de recordar qué serie vi hace apenas una semana. Me desbordan las novedades de Netflix, Filmin o Movistar+, igual que las listas de restaurantes «que no te puedes perder» o el flujo constante de titulares en los medios de comunicación. En un tiempo en el que todo es una experiencia, nada parece ya arraigar en nuestra memoria.
Los retiros lectores que se han popularizado en los últimos tiempos encajan en esta búsqueda de algo que nos impacte: fines de semana en un pueblo apartado en compañía de otros lectores y de nuestro autor favorito. Conocer al escritor o compartir la lectura con otras personas puede ser enriquecedor. Escaparse del ajetreo cotidiano de nuestras semanas es necesario. Pero tengo la sensación de que muchas veces buscamos nuevas fórmulas para disfrutar porque empezamos a darnos cuenta de que ya no sentimos como antes; que una vez fuimos esponjas y ahora somos coladores.
Esta inercia, que hace que las mesas de novedades cambien cada vez más rápido, como si los libros tuvieran fecha de caducidad, ha terminado también afectando a mi forma de relacionarme con ellos. A veces, cuando siento cierta ansiedad por querer leer más de lo que la vida me permite, me descubro preguntándome si quiero leer o simplemente haber leído. No siempre conozco la respuesta; sí sé que la aceleración no consigue borrar, en ningún caso, el placer y la seguridad de mirar mis estanterías, ese exceso propio que he ido construyendo, y tener la certeza de que todavía me queda mucho por descubrir en ellas.
Quizás todo esto tenga que ver con una necesidad más profunda, la de seguir anclando los recuerdos a objetos físicos, como si todavía necesitáramos que estuvieran ahí para que lo vivido no desaparezca por completo. Somos una de las últimas generaciones de coleccionistas: de libros, de discos, de cosas que ocupan espacio y memoria a la vez. Y la única razón que se me ocurre para ello es que en esa abundancia creemos encontrar una forma de resistencia al paso del tiempo.
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