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Opinión | Asuntos insulares

Omar Batista

El monumento que Santa Cruz no merece

Monumento a Franco en Santa Cruz.

Monumento a Franco en Santa Cruz. / t

La permanencia del monumento a Franco en Santa Cruz de Tenerife es una herida abierta en la memoria democrática de la ciudad. Honrar a quien ordenó un golpe de Estado, desencadenó una guerra civil y sostuvo una dictadura de casi cuarenta años no es patrimonio histórico: es impunidad esculpida en piedra. Mientras otras ciudades europeas retiran los símbolos de sus verdugos, Canarias mira hacia otro lado. Las víctimas del franquismo merecen justicia, no la convivencia cotidiana con la efigie de su verdugo.

Honrar en piedra a quienes causaron un daño irreparable a su propio pueblo. Santa Cruz de Tenerife, lamentablemente, así lo hace. El monumento a Francisco Franco que todavía permanece en la ciudad no es un vestigio inocente del pasado. Es un símbolo activo de impunidad.

Franco no fue un gobernante polémico ni una figura ambigua sobre la que quepa el debate. Fue el líder de un golpe de Estado que, en julio de 1936, rompió la legalidad democrática de la Segunda República. Fue el responsable directo de una guerra civil que causó cientos de miles de muertos. Fue el artífice de una dictadura que se prolongó casi cuarenta años, durante los cuales se ejecutó, torturó, encarceló y exilió a decenas de miles de españoles por el solo hecho de pensar diferente. Canarias no fue ajena a esa violencia: los fusilamientos y las desapariciones forzadas también ensangrentaron estas islas desde el primer día del alzamiento, creando un aún notable sufrimiento en las familias que defendieron nuestra democracia en aquellos días.

Mantener su estatua en pie, en el espacio público de una ciudad democrática, equivale a decirles a las víctimas y a sus familias que su sufrimiento no importa lo suficiente. Que la convivencia con el símbolo de su verdugo es un precio razonable. No lo es.

El argumento del «patrimonio histórico» no se sostiene. Europa lleva décadas demostrando que retirar los monumentos a dictadores y criminales de guerra no borra la historia: la sitúa en el lugar adecuado. Alemania no conserva estatuas de Hitler en sus plazas para recordar el nazismo; las recuerda en museos, en memoriales a las víctimas, en una educación cívica que pone el horror donde corresponde. La diferencia es fundamental: una cosa es preservar la memoria crítica del pasado y otra muy distinta es glorificarlo en el espacio compartido por todos los ciudadanos.

La Ley de Memoria Democrática, aprobada en 2022, establece con claridad la obligación de retirar los símbolos de exaltación del franquismo de los espacios públicos. No es una propuesta ideológica: es una obligación legal. Y, sin embargo, el monumento sigue ahí. La desidia institucional, los recursos judiciales y la resistencia de ciertos sectores políticos han convertido su retirada en una batalla que no debería serlo.

Santa Cruz de Tenerife es una ciudad viva, plural y democrática. Sus calles merecen reflejar esos valores, no contradecirlos. Retirar el monumento a Franco no es un acto de revanchismo ni de manipulación histórica. Es un acto elemental de justicia con quienes fueron perseguidos, silenciados y asesinados por un régimen que ese monumento todavía exalta.

El pasado no se puede cambiar. Pero el espacio público sí. Y elegir qué honramos en él dice mucho de quiénes somos y de la clase de sociedad que queremos construir. Ya es hora de que Santa Cruz tome esa decisión. Los silenciosos movimientos que articulan la sociedad de Santa Cruz generarán el favor público sobre este elemento, sobre esta estatua. Lo hemos visto en muchas columnas de este periódico, de diversos autores, lo hemos visto en declaraciones públicas del Círculo de Bellas Artes, y de también miembros de la Real Academia de las Artes de San Miguel Arcángel. Mismo criterio en el parecer del cuerpo electoral de las dos fuerzas políticas más importantes del municipio; que son PSOE y CC, así como de la innumerable cualidad colectiva de esta ciudad, del sentido común de los cualquiera. Santa Cruz quiere ser, siempre futuro; la ciudad del futuro. Una ciudad democrática, viva, bien puesta, con el mar presente, sin monumentos a fascistas. Eso es lo que queremos. Estamos en ello.

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