Opinión | El recorte
Efectos diferidos

Trump
Lo que no puede ser no puede ser y además es imposible. Los gobiernos se han lanzado a fabricar planes “anticrisis” para absorber el impacto de los efectos del ataque norteamericano a Irán. Pero es como intentar vaciar el agua del mar con un cubo. Los efectos del encarecimiento del petroleo son demoledores.
El Gobierno Peninsular decidió bajarle el combustible a los ciudadanos españoles —los que viven de Cádiz para arriba— reduciendo la carga fiscal en unos cinco mil millones. La medida tenía una repercusión de ciento diez euros por cada ciudadano peninsular. Para los canarios se decidió una ayuda directa y específica de siete euros por cabeza. Da vergüenza ajena. Y ni siquiera es un consuelo que la bajada fiscal haya sido devorada ya por el aumento de precios en las gasolineras españolas. El mal ajeno nunca es un consuelo, salvo que seas muy tonto.
La fiscalidad indirecta en Canarias, al combustible y sobre el consumo, es más baja que la de Godilandia. Muchos alimentos ya tenían cero impuestos antes de quitarle el IGIC a los cinco que aún quedaban. Para aliviar el bolsillo un poco más habría que meterle mano al AIEM, pero cada vez que alguien se lo dice a la consejera de Hacienda, Matilde Asián, se le pone cara de cólico nefrítico. Solo se pone peor —entre morada y fucsia— cuando oye a su compañero, el comisionado del REF, José Ramón Barrera, decir que hay que bajar un 60% el Impuesto sobre las Renta del Trabajo en las islas.
Los planes anticrisis canarios tienen tan poco impacto que hasta el ministro Torres se sintió obligado a ironizar, diciendo que las familias del Archipélago estarían dando botes de alegría porque bajaba el impuesto al café —no el de Ábalos sino el de beber— o la mantequilla. Estaría por acompañarle en el descojono si no fuera porque el Consejo de Ministros donde sienta sus importantes nalgas ha ignorado olímpicamente que Canarias es el territorio más vulnerable a una crisis del petróleo. Que no haya un plan extraordinario para un territorio de ultramar no será por falta de recursos. Las arcas públicas del Estado están llenas a reventar después de años de saqueo fiscal en los que se han subido los ingresos por impuestos y cotizaciones sociales a casi seiscientos mil millones de euros. Solo en las rentas del trabajo se ha duplicado la recaudación, que ha subido casi tres veces y medio la inflación. El granjero está mucho más gordo y feliz, aunque sus vacas estén en los huesos.
Nadie sabe lo que va a durar la ofensiva contra Irán. Por la parte contratante de la primera parte contratante, Donald Trump, como todos los días cambia de opinión, no hay dios que se aclare sobre sus intenciones. A veces dice que no va a dejar piedra sobre piedra desde Ormuz hasta Teherán y en otras ocasiones parece que está a punto de salir por patas. Y en cuanto a la segunda parte contratante, o sea Irán, habida cuenta que le han dado matarile a los principales mandamases del país, las decisiones parecen estar en manos de media docena de dirigentes de cuarta fila y una murga de grupos terroristas.
En el peor escenario —que se firme un acuerdo y siga la guerra— los expertos descartan un final rápido. Ahora mismo el tráfico de petróleo y de gas está tocado del ala y si la zona sigue afectada por una guerra imprevisible, las repercusiones, especialmente para el suministro de Europa, son incalculables.
Si la crisis se prolonga, el precio del petróleo y el gas seguirá escalando. En poco tiempo nos saldrá más barato llenar el tanque del coche con Ron Arehucas que con gasolina. El coste de navegación de los barcos mercantes se disparará. El combustible de aviación se pondrá como los aviones, por las nubes. Y en el caso de Canarias, los veintidós mil millones de euros que pagamos anualmente por importaciones subirán a más de treinta mil. El empobrecimiento para las familias de estas islas vulnerables sería extraordinario.
Pero además de los sobrecostes, puede ocurrir que una guerra prolongada afecte a la cadena de producción de otros países y se provoque desabastecimiento en sectores o consumos estratégicos, desde los fármacos a la tecnomedicina. Los aeropuertos europeos han dado ya la voz de alarma por escasez de queroseno de aviación cosa que, viviendo del turismo, debería hacer saltar nuestras alarmas. Y esto solo está empezando.
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