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Opinión | El recorte

El manicomio nacional

Archivo - Fachada del Tribunal Supremo, a 27 de febrero de 2025, en Madrid (España).

Archivo - Fachada del Tribunal Supremo, a 27 de febrero de 2025, en Madrid (España). / Carlos Luján - Europa Press - Archivo

«¿En qué momento se jodió el Perú?», preguntaba Vargas Llosa por boca de su personaje Zavala. Nosotros podríamos cuestionarnos en qué momento se convirtió España en un manicomio. Un gusano invisible está royendo la cordura de esta sociedad en donde las ficciones se han vuelto legalmente posibles. Puedes cambiar tu sexo biológico. Puedes ser un gato. E incluso puedes ser inocente.

Los escándalos de corrupción no son nuevos, pero su dimensión mediática es inédita. Ya no solo son una mutación cancerígena de la sociedad, células disfuncionales que ponen en riesgo la supervivencia colectiva, sino que se han convertido en una especie de reality con su propia corte de rutilantes personajes efímeros. En los programas de televisión, los nuevos parlamentos del siglo XXI (Pablo Iglesias), se sientan comunicadores junto a testigos y acusados de los casos más famosos. Los presuntos delitos solo son el contexto de una trama de personajes, intimidades y cochambres que escandalizan y divierten a los espectadores, que son los nuevos ciudadanos.

La sala segunda del Tribunal Supremo es un plató. Y la Audiencia Nacional un decorado natural como La Isla de las Tentaciones. Un comisario y un exportero de discoteca, viejo colaborador de la Guardia Civil, han aportado a la historia sonora de la democracia la mayor colección de grabaciones conocida. Sin hacer prisioneros, porque grabaron hasta a sus propios amigos o cómplices. Las amantes o amigas de un ministro cuentan con desparpajo cómo fueron enchufadas en empresas públicas a donde no iban ni a pegar un sello. Los digitales publican los mensajes hasta del presidente del Gobierno. Ya no hay fronteras que no invadan el interés superior del prime time.

Si Bill Clinton hubiera sido presidente en España, jamás habría sufrido un impeachment y Mónica Lewinsky habría terminado presentando un programa de citas en una gran cadena de televisión. La vida pública se ha convertido en algo mucho más apasionante que la liga de fútbol o las series de Netflix. Nadie escapa a la atracción de un circo en donde hasta Pedro Sánchez, que ya se ha tirado definitivamente al monte -en su caso el de Los Olivos-, aparece en las redes, sin rubor alguno, como un influencer, con la camiseta de la selección nacional de fútbol celebrando que ya somos veintidós millones de currantes para pagar impuestos y sostener tanta mamandurria.

Escuchar a un tipo normal, como el nuevo ministro de Hacienda, Carlos Cuerpo, sortear este pantano de excrementos y hablar seriamente de la situación económica de España es una anomalía. Nos recuerda que la política debería ser aburrida y los políticos deberían debatir sobre el gasto público, los ingresos o las leyes futuras. Pero la agenda mediática ha devorado la económica. Las propuestas se basan en la publicidad o el descrédito del adversario, más que en la oportunidad y la conveniencia.

La imagen más terrible de este manicomio es la grabación de una cámara en plena calle, cuando un tipo le grita al exministro: «¡Abalos. Yo estoy con usted!» Y cuando el abatido político, sorprendido y casi emocionado, le da las gracias, antes de subirse a su coche, el espontáneo remata: «A mí también me gustan el perico y las putas». Viva España.

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