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Opinión | Claroscuro

Saray Encinoso

Todos somos beduinos

Panorámica de la ciudad de Santa Cruz de Tenerife y su puerto. | | ANDRÉS GUTIÉRREZ

Panorámica de la ciudad de Santa Cruz de Tenerife y su puerto. | | ANDRÉS GUTIÉRREZ / Sergio Lojendio

Recuerdo la primera vez que abandoné mi ciudad, mi isla. Aún soy capaz de sentir la extrañeza de cruzar calles desconocidas, de no entender del todo los gestos, de llegar tarde a las bromas. Los acentos eran otros, pero también lo eran los ritmos, las formas de estar e incluso las tostadas del desayuno. Durante un tiempo, todo ocurría medio segundo antes o después de mí. Quise irme de mi ciudad, probar otra vida, pero muchas veces también deseé volver a ella, volver a reconocerme como parte de ese lugar.

Entonces marcharse era casi un rito vital. Era el momento de estudiar fuera, de ensayar una vida lo más independiente posible cuando la supervivencia aún no dependía de una misma. Era una forma de distancia controlada: los pies seguían enraizados en el mismo territorio y el hogar al que volver permanecía siempre accesible en el mapa. Al terminar la carrera, podías regresar o quedarte, porque aquella ciudad nueva ya no era nueva y también era tuya.

Hoy, sin embargo, es complicado irse para estudiar y también lo es volver, sea cual sea el propósito. Ya no hay una ciudad amable ni para quien comienza a formarse ni para quien intenta construir una vida nueva. El precio de las habitaciones en pisos compartidos resulta inasumible para la mayoría de los padres; acceder a un alquiler que no consuma más de la mitad de los ingresos familiares se ha convertido en una utopía, y adquirir una vivienda en propiedad parece apto solo para extranjeros, clase alta o herederos.

Ese desapego comenzó de forma tenue, pero se ha ido extendiendo como una mancha de aceite por ciudades de todo el mundo, generando una amplia producción ensayística al respecto. En Antes todo esto era ciudad, Pedro Bravo sostiene que nuestra relación con las ciudades se ha transformado en una relación de desamor y que, si queremos sostener la vida en ellas, necesitamos reencontrar la manera de volver a enamorarnos de nuestros territorios. «Antes todo esto era ciudad -escribe-, ahora es otra cosa: una marca, un no lugar, el tablero de juego especulativo en el que ganan solo unos pocos, una mina de la que extraer datos y recursos, un lugar común en el que vivimos solos, separados y enfadados los unos con los otros».

Hace unos días, en una visita por el centro de Cádiz, nuestro guía nos contó que a los vecinos que residen extramuros -la parte de la ciudad situada fuera de las antiguas murallas de Puerta de Tierra- siempre se les ha conocido como beduinos. Los empezaron a llamar así los gaditanos que vivían en la zona amurallada al ver cómo sus conciudadanos se marchaban a aquel territorio, entonces inhóspito, similar a un desierto, a inventar lo que vendría. Con el tiempo, y a pesar de que esos barrios se fueron poblando y urbanizando (hoy vive más gente en ellos que en el centro de Cádiz), la etiqueta perduró.

No nos contó que la pérdida de población en el centro de Cádiz es constante desde hace años, que siete de cada diez pisos turísticos ofertados en plataformas se ubican en el casco antiguo (la proporción es la misma en ciudades como Granada o Córdoba) y que el centro está más cerca de convertirse en una futura Venecia que en un lugar para vivir. Sí lo hizo Jorge Dioni en El malestar de las ciudades, un exhaustivo análisis del cansancio que sufren nuestras urbes.

Cuando el guía terminó de contar esa anécdota, que seguramente habrá repetido cientos de veces a grupos como el nuestro, no podía dejar de pensar que nuestras ciudades nos están convirtiendo a todos en beduinos: nómadas en busca de un lugar donde echar raíces y poder vivir. Tal vez esos lugares serán las ciudades del futuro, aunque todavía no lo sepamos, porque las actuales, pensadas solo para atraer inversores o turistas, para competir por ser sede de algo, para construir una marca, han olvidado lo que les da sentido y nombre: los ciudadanos que las habitan.

Somos nosotros quienes damos vida a esas ciudades a las que tanta gente quiere venir y en las que tantos fondos de inversión buscan comprar bloques de viviendas. Sin nosotros, solo serán un parque temático que no podrá llamarse ciudad: escenarios repetidos en cualquier lugar del mundo, plagados de las mismas cadenas de restaurantes y cafés de especialidad, sin tabernas locales ni mercerías ni carnicerías ni fruterías; espacios con horario de apertura y cierre, en los que todo parece construido para pasar, no para vivir.

Ahí está también nuestra esperanza. Quizás, como dice Pedro Bravo, si nos enamoramos otra vez de nuestras ciudades, descubramos que aún es posible encontrar un oasis sin abandonarlas. Si no, igual que hicieron los beduinos de Cádiz, habrá que ir más allá de los muros y volver a inventarlas.

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