Opinión
Yauci M. Fernández
La unión hace la fuerza
La unión no anula la voz propia, sino que la protege de un sistema que prefiere autores aislados y, por tanto, más vulnerables

La unión hace la fuerza / Pixabay
Siempre se dice que la unión hace la fuerza. No puede ser más cierto. Sin embargo, en ciertos ámbitos es terriblemente difícil conseguir que un colectivo sienta un interés genuino por crear esa cohesión necesaria para luchar juntos. El arte, y de forma muy particular, la escritura, es uno de ellos. Nos movemos en un ecosistema donde el individualismo se confunde con la identidad, y donde cada autor parece ser una isla que teme ser inundada por la marea de los demás, olvidando que todos navegamos sobre la incertidumbre laboral y creativa.
El escritor es un profesional de la palabra que ha crecido entre hojas en blanco, casi siempre acostumbrado a la soledad más absoluta, estrictamente necesaria para construir desde cero todo lo que su mente maquina. Esa lejanía con la sociedad, ese aislamiento autoimpuesto para dar vida a personajes y tramas, termina pasando factura. El autor sufre cuando debe encarar el resto de aspectos prácticos que requiere la profesión. Acostumbra a librar sus batallas ajeno al mundo que le rodea.
Es normal que nos cueste ponernos de acuerdo. Cada uno de nosotros lleva por bandera sus historias, su pasión y su estilo, elementos que consideramos sagrados. Nunca van a ser iguales a los de nuestros compañeros. Esa diferencia, que debería ser nuestra mayor riqueza, se convierte a menudo en un muro infranqueable. A simple vista, además, no parece que nos vaya a aportar un valor generar esa cohesión.
Pero no es cierto.
Creer que no nos aportarán valor los demás es un reflejo directo del ego contra el que debemos combatir a diario. Para mí, uno de los grandes males de esta profesión, un parásito que se alimenta de la inseguridad y nos hace creer que el éxito ajeno reduce nuestras propias posibilidades de triunfar. Para librarte de él, debes buscarlo activamente en tus pensamientos para poder encontrarlo y, solo entonces, vencerlo con humildad y perspectiva. La unión no anula la voz propia, sino que la protege de un sistema que prefiere autores aislados y, por tanto, más vulnerables.
Hay miles de rencillas absurdas que hacen que los autores se critiquen entre sí sin piedad, perdiendo el tiempo en debates que no construyen. Que si eres autopublicado, que si has pagado por publicar, que si lo que escribes es demasiado comercial o no es literatura «de verdad». Se lanzan dardos sobre si una obra es demasiado simple, demasiado corta, demasiado enrevesada o demasiado larga. Son meras excusas que dicen mucho más de quien critica que del propio criticado. Porque qué bonito es disfrutar de una lectura que te apetece e ignorar con elegancia lo que no encaja contigo. Hay que recordar algo fundamental: antes de escribir hay que aprender a leer con respeto. Escribimos nuestros propios libros, no los ajenos, y en esa libertad reside la verdadera fuerza de nuestro colectivo.
Ojalá llegara el día en que viera que los escritores, como colectivo y no como individuo, lucharan por sus condiciones y se unieran para demostrar a la sociedad que, si todos nosotros abandonamos, el desastre sería mayúsculo. Siento miedo al intentar imaginar cómo podría existir un mundo sin palabras, sin historias, sin literatura, sin cine, sin arte. Qué fácil se volvería explicar el mundo y qué difícil se volvería sentirlo, empatizar con quienes no conocemos, descubrir quiénes somos en nuestro sillón tras una lectura que nos ha dejado rotos. Nos perderíamos demasiado.
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