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Opinión | El recorte

La vuelta a la Luna

Interior de la nave espacial Orión, el corazón del programa Artemis rumbo a la Luna.

Interior de la nave espacial Orión, el corazón del programa Artemis rumbo a la Luna. / Robert Markowitz / NASA / Johnson Space Center

El 20 de julio de 1969, las escasas televisiones en blanco y negro rojo había en España dieron las imágenes históricas de la llegada del hombre a la Luna. Verla Armstrong pronunció aquellas famosas palabras «un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la humanidad» y su compañero Collins no pudo aplaudir porque los trajes espaciales les convertían en una especie de muñecos de Michelín.

Los dos astronautas norteamericanos plantaron una bandera en el Mar de la Tranquilidad, dieron algunos brincos frente a las cámaras, recogieron rocas y con la misma se dieron el piro. Jamás se volvió a plantear un regreso al desértico satélite de la Tierra. Jamás, hasta hoy.

A finales de la década de los sesenta, los jovenes franceses buscaban las playas en París, debajo del asfalto. Franco designaba sucesor al frente de su dictadura, eligiendo el regreso de la Monarquía, pero saltándose al rey que le tocaba. Y la guerra de Vietnam prácticamente estaba acabando, con la retirada de Estados Unidos. Aunque se pensaba que el mundo progresaba hacia la paz, aún quedaba por ver mucha sangre. Guerras y atentados terroristas como jamás se habían dado en la historia de la humanidad. Armstrong había dado el pequeño paso para nada.

A lo largo de medio siglo, la falta de interés del programa espacial por la Luna ha generado todo tipo de elucubraciones. Los conspiranoicos sostienen que el ser humano jamás estuvo en la Luna y que todo fue un montaje cinematográfico de EEUU para hacerle creer a los rusos que habían ganado la carrera espacial. El Apolo 11 tenía menos tecnología y capacidad de procesamiento que un IPhone de Apple. Sin embargo, como demostración de la capacidad humana, aquella primitiva nave llegó a Luna. Y no solo eso, volvió de allí.

El coste de mandar seres humanos a La Luna es muy alto. Y el interés del satélite desde el punto de vista del aprovechamiento científico o económico es muy bajo. La combinación de estos dos factores hizo decaer el interés por el desértico y polvoriento satélite terrestre y aumentar el interés por Marte, un planeta mucho más prometedor. Para algunos expertos, el regreso a la cara oculta de la Luna, medio siglo después, no es más que un ensayo general de la primera expedición del ser humano a Marte.

Salvo que la tripulación del Artemis II descubra en la cara oscura de nuestro satélite una base extraterrestre oculta –escondida incluso de los vehículos no tripulados que han cartografiado hasta el último kilómetro del satélite– la nueva misión es una gigantesca operación publicitaria de la NASA que solo podría haber apoyado un presidente tan convencido de la importancia de la comunicación como Donald Trump. No habrá ningún descubrimiento sorprendente. Ningún monolito. Solo un vuelo sobre la superficie, esta vez con imágenes a todo color, para ir comprobando el material. Y para planear cómo, en un próximo futuro, montar equipos que permitan la supervivencia cuando toque hacer un viaje de millones de kilómetros para descender en la superficie marciana. El verdadero objetivo de los terrícolas.

Entre aquellas viejas imágenes en blanco y negro y estas nuevas en alta definición hay más medio siglo de distancia y un desarrollo tecnológico jamás conocido en la historia del ser humano. Pero a pesar de internet, de la nanotecnología, de la tecnomedicina, de los descubrimientos científicos, de la IA y del mayor avance científico de la humanidad, seguimos matándonos como a finales de la década de los sesenta. De otra manera más impersonal. Ya no lo hacemos con los pies metidos en el barro, cara a cara, sino con artefactos tripulados a distancia y bombas inteligentes. Aunque los muertos siguen siendo seres humanos.

La elegía mediática, que seguramente presentará a la audiencia del planeta la misión del Artemis II como un triunfo de la ciencia y la capacidad humana, tiene algo de siniestro. La potencia humana que ha situado a varios seres humanos a 384 mil kilómetros de distancia, poco más de un segundo/luz, sobre la hostil superficie de un satélite, es la misma capaz de volar las barbas de un ayatolá en el salón de su casa. Es como un gigantesco neón que ensalza el poder absoluto de la primera potencia de la tierra.

Las imágenes del primer alunizaje fueron el principio de un hermoso. Las de este segundo son como una advertencia: una promesa que es al mismo tiempo una amenaza.

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