Opinión | Claroscuro
Saray Encinoso
Para qué viajamos

Aviones estacionados en el Aeropuerto de Gran Canaria. / J, CASTRO
Más de la mitad de los españoles viajará en Semana Santa. Cada uno gastará, de media, algo menos de 600 euros. Algunos subirán al avión, otros, al tren y el resto irá en su propio coche. Lo cuentan los estudios que suelen publicarse estos días, cuya rigurosidad nadie puede determinar con exactitud y que, en ocasiones, incluyen información sobre cuántos españoles no podrán viajar porque no pueden permitírselo. Pero hay una pregunta que no aparece, o que yo no he sabido encontrar: cuántos se quedarán en casa porque quieren, porque han decidido que descansar -de verdad- no tiene tanto que ver con moverse, sino con quedarse, y que, para resetearnos, quizá lo único que necesitamos es que no pase nada.
Según la cronista argentina Leila Guerriero, se viaja por infinidad de motivos: «Para ver las pirámides de Egipto, para pasar diez días todo incluido en un resort del Caribe, para comer, para ver aves y hongos, animales. Para tomar vinos y fotos de la naturaleza. Para bucear, para contemplar la tierra desde la luna. Se viaja para conocer las rutas del jamón y las góndolas venecianas, y los mejores museos y las peores catedrales. Se viaja para implementar algunos -o todos- los ritos del turista: diez días siete noches catorce países de Europa; veinte jornadas flotando en un crucero. Se viaja para decir yo estuve ahí, yo vi, yo sé, yo fui, yo caminé, yo pisé la calle que pisaron todos. Y también están los viajes de los que no hacen ninguna de todas esas cosas -los viajes de los viajeros-; y los viajes inútiles: los viajes de los que viajan para contar».
Hoy, a este catálogo de motivos habría que añadir otro: viajar simplemente para poder decir que hemos viajado, aunque no disfrutemos del viaje, aunque no sepamos si realmente queremos viajar ni a dónde, aunque el desplazamiento nos deje indiferentes y aunque, con la homogeneización de los centros de nuestras ciudades -llenos de las mismas franquicias y tiendas clonadas-, cualquier lugar nos resulte prácticamente indistinguible del anterior. Antes de llegar al destino ya sabemos cómo es la habitación del hotel, en qué restaurantes comeremos y qué visitaremos. La imaginación cada vez juega un papel menor en el viaje y el deseo se configura de otra manera; ya no surge de lo desconocido, sino de la previsibilidad de lo que creemos que debemos experimentar. Es decir, al final, viajamos para ver lo mismo, pero en otro sitio.
En 1996 apareció por primera vez el acrónimo FOMO (fear of missing out), que alude al miedo o la ansiedad de perderse algo. Con la llegada del nuevo siglo, el término ya se había popularizado. Una década más tarde comenzó a imponerse la tendencia inversa: el auge del mindfulness y del detox digital. Hoy es habitual hablar de JOMO (joy of missing out), entendido como el placer -diría que casi una reivindicación- de perderse algo.
Esa tendencia no es casual ni exclusiva del sector turístico. En una época en la que todo aspira a convertirse en experiencia, estamos cada vez más cansados y nos cuesta más emocionarnos. La publicidad de los destinos -como la de las cafeterías, los restaurantes o incluso los museos- se ha habituado a prometer algo distinto de lo que realmente ofrece: «No es solo tomar café, es tu momento…», «No es solo una ciudad, es una forma de vivir…», «No es solo almorzar, es…». Quizá el problema sea precisamente ese: necesitamos que las cosas vuelvan a ser lo que son y dejen de competir por convertirse en algo más que ni siquiera quienes diseñan esas campañas saben definir. Cuando todo es excepcional, nada lo es; y cuando todo es una experiencia, tampoco. Vivimos atrapados en una espiral de promesas que siempre apunta hacia arriba y nunca se detiene.
Cada persona es diferente y cada cual viaja por una razón. No hay viajes mejores ni peores. Lo absurdo es que muchas veces parece que, en lugar de preguntarnos si realmente queremos viajar, nos preocupamos por cómo es posible que no vayamos a hacerlo. Quedarse en casa o hacer turismo de proximidad se percibe como un fracaso. Al final, lo que está agotado no es el destino, sino nuestra mirada, porque el cansancio no lo provoca el lugar, sino el ritmo con el que enfrentamos nuestro día a día. Por eso, da igual si estamos en Bali, en Budapest o en Medellín. Coleccionamos destinos que nunca nos interesaron, lugares que jamás imaginamos ni soñamos con visitar. Nuestros viajes los deciden las compañías de bajo coste, las ofertas y los algoritmos. Incluso cuando la experiencia no está a la altura -cuando cansa, incomoda o decepciona-, rara vez hace que nos replanteemos algo; seguimos adelante, esforzándonos en tomar fotos donde no se vean aglomeraciones (incluso recurriendo a aplicaciones que borran a la gente de las imágenes).
Hacer turismo fue durante mucho tiempo un privilegio reservado a unos pocos, como en el grand tour. La proliferación de compañías aéreas ha democratizado los desplazamientos y, en cierto modo, ha acercado el mundo. Ha sido, sin duda, un avance, pero también ha contribuido a vaciar de sentido el viaje.
Desplazarse no es viajar. Para lo primero hacen falta tiempo y dinero; lo segundo exige algo menos evidente, una forma de atención que no crece con la distancia recorrida. De ahí que a veces crucemos medio mundo sin salir del todo de nosotros mismos y que, en otras ocasiones, sin apenas alejarnos, algo sí cambie.
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