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Opinión | El recorte

Cosas de la casta

Escribano dimite como presidente de Indra por “responsabilidad” y para no afectar a la compañía

Escribano dimite como presidente de Indra por “responsabilidad” y para no afectar a la compañía

A Pedro Sánchez le pusieron a caer de una acémila por colocar en una empresa pública a un compañero de su equipo de baloncesto. Llevaba unos días buscando a quien sentar en la presidencia de Indra, la multinacional española que está entre las cien mayores compañías mundiales del sector de defensa y seguridad. Experta también, por cierto, en la tecnología asociada al recuento electoral. ¡Ja!

Sánchez le señaló la salida a Ángel Escribano, por llevarle la contraria, y tocaba buscar sucesor. Un problemón del que le sacaron los catalanes, recomendando a Ángel Simón y colocando otra pieza. Y es que ya no queda gente de confianza. Los del Peugeout no pasaron la ITV. A Juan Manuel Serrano, su jefe de gabinete en la Comisión Ejecutiva Federal del PSOE y colega del baloncesto, le colocó en Correos, pero durante su gestión aterrizó un pufo de mil millones y tuvo que cambiarlo por otro colega, Pedro Saura, ex secretario de Estado de Transportes. A la exministra de Transportes, Raquel Sánchez, la hizo presidenta de Paradores. En Redeia puso a Beatriz Corredor, «la señora, del apagón…», exministra de Vivienda. A Telefónica llegó Marc Murtra, del entorno del PSC. Iñaki Carnicero, viejo compañero del presidente, fue nombrado como director general de Agenda Urbana y Arquitectura. Borja Cabezón, otro amigo, ha ido de cargo en cargo, incluyendo el rimbombante título de embajador en Misión Especial para la Crisis Internacional de la Covid-19 y la Salud Global y luego consejero delegado de la empresa Nacional de Innovación. A Miquel Iceta, ex de Cultura, después de que su pareja llegase a pilotar aviones de una compañía rescatada, lo envió de embajador a la Unesco. A Isabel Celaá, ex de Educación, la envió como embajadora a la Santa Sede. A su secretario de Estado de Comunicación, Miguel Ángel Oliver, lo mandó a dirigir la Agencia EFE. Y los ex ministros Escrivá y Pedro Duque aterrizaron nada casualmente en el Banco de España e Hispasat. La familia que vota unida permanece unida.

Pero no se crean que esto es endémico del Sanchismo. Todos los partidos hacen lo mismo y han terminado situando en el consejo de grandes empresas del Ibex a exministros y notables. Aquel joven profesor universitario con coleta, llamado Pablo Iglesias, definió a los partidos políticos en España como «una casta». Luego él hizo un partido y acabó como la Castafiore de la casta. En apariencia, los políticos se odian a muerte. Pero luego, en la trastienda, se activa el reparto de influencias para ir colocando piezas aquí y allá, un huevo para ti, una castaña para mí, una butifarra para los catalanes y un piñón para los vascos.

La casta hoy no son solo los miles de cargos públicos. Es también una cierta élite de entre los cuatro millones de empleados públicos. Y miles de asesores. Gente que sabe que la administración no pasa apuros para pagar las nóminas a fin de mes. Gente que decide que las familias propietarias de pisos no pueden subir más de un dos por ciento del precio del alquiler –16 euros en 800 euros al mes, por ejemplo– pero es capaz de subirse 9.600 euros (un 7,5%) en un sueldo de 120.000 castañas, como han hecho en el Consejo General del Poder Judicial. ¿Por qué? Pues porque pueden. Y viva la Pepa.

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