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Opinión | Punto de vista

Luis F. Febles Juan José Millás

Capirote para el pecado, traje para el lunes

Capirote para el pecado, traje para el lunes

Capirote para el pecado, traje para el lunes / El Día

Llega el día y los garbanzos duros están perfectamente insertados en los zapatos. La finalidad es que duela al pisar, que se note la purga de los pecados. Cuantos más garbanzos pueblen la lona, mejor será el sabor de la penitencia. Es una fecha mágica, capaz de transformar a ogros en princesas y a verdugos en inocentes. De pronto, quien durante el resto del año practica con entusiasmo el arte de la codicia, el desprecio o la indiferencia, descubre una súbita vocación de penitente. El ser humano ha sido siempre un virtuoso de la contradicción. Capaz de exigir justicia con una mano mientras cobra en negro con la otra. La falsedad se eleva como la máxima expresión del barroco. Pero en Semana Santa, esa dualidad alcanza cotas celestiales. Es el momento en que el explotador se ajusta el capirote con dignidad, el sinvergüenza camina descalzo sobre el empedrado y el miserable ensaya una lágrima al paso de la imagen. Es la purga de los garbanzos. Cierto que la escena conmueve para los pobres pecadores de temporada. Porque hay verdad en ella, aunque no siempre en quienes la protagonizan. La emoción es real. La bondad pura rara vez llama la atención. No desfila, no presume, no busca absolución pública porque no vive pendiente del aplauso. Marcelo, un lagunero de pro, saca el cilicio el mismo día y a la misma hora. Casi no recordaba la sensación de las puntas apretando el muslo que cubre el pantalón. Estira con fuerza porque sabe que es un practicante ocasional. Alicia sale descalza para pisar con fuerza las calles empedradas de La Orotava. No le importa cortarse, porque sabe que es una pecadora de manual. Benito es un prohombre que insulta y ejerce violencia verbal sobre su mujer, «que para eso es suya». El Martes Santo salen juntos a comer churros después de la procesión como la pareja decente que son. Sin embargo, todo volverá a la realidad tras la solemnidad de la Semana Santa: el rico a sus riquezas y el pobre a sus pobrezas. Todos se unen en silencio, porque callados, pasamos más desapercibidos. No obstante, aquí conviene detenerse, porque sería injusto –y profundamente simplista– meter a todos en el mismo saco de la sospecha. Hay quienes viven la Semana Santa como un acto de coherencia, no de compensación. Personas que no necesitan disfrazarse de penitentes porque ya practican, en lo cotidiano, una forma humilde de respeto, de generosidad, de decencia. Para ellos, estos días son una prolongación de lo que ya son. En esta metáfora todavía se recauda un donativo simbólico para que los fieles puedan comer carne y no sufrir las consecuencias de la imposición de la abstinencia. La Iglesia moderna ya no exige estas contribuciones, y la abstinencia se cumple de manera más voluntaria y personal. Pero, en ciertos pueblos, todavía pueden encontrarse relatos o ceremonias anecdóticas que recuerdan aquella práctica tan sumamente generosa. Apagadas las velas y recogidos los cirios, todo vuelve a la normalidad. Es la hipérbole de la fe descalza de los que nunca caminan. El lunes toca ponerse de nuevo el traje.

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