Opinión | Punto de vista
José María Lizundia
Suicidio hospitalario en el corredor de la muerte: a las 18 h

Noelia, en su entrevista en 'Y Ahora Sonsoles' / ANTENA 3
Ver por televisión a Noelia la víspera de la ejecución de su eutanasia quedará como imagen imborrable, como la de aquella niña, Omayra, que se iba ahogando serena y lentamente ante las cámaras en 1985 en Colombia, tras la erupción del volcán de Nevado del Ruiz y sin que pudiera ser rescatada por la imposibilidad material de hacerlo. Esa es una imagen, la otra es la del grupo de personas que se congregó a las puertas del hospital, exactamente igual a como se hace ante las ejecuciones que se llevan a cabo en los presidios norteamericanos. Aún queda otro paralelismo formidable, que es la inyección letal. Uno ha estado siempre a favor de la eutanasia, aunque me dicen quienes entienden de eso que las sedaciones y paliativos permiten en muchísimos casos el mismo resultado. El caso Noelia imagino que servirá para revisar concepciones y límites morales en los individuos y del Estado. El estado físico y mental se alejaba bastante de los parámetros, para determinar su final a manos del Estado; le habíamos visto mal andar, hablar y contar su vida, sin que por ello nos pareciera inexorable su final, junto a las dudas y oscuridad. Aquejada de una enfermedad mental muy grave (con ideaciones permanentes de suicidio), no seguía tratamiento alguno. No deja de ser curioso que desde hace poco haya irrumpido con fuerza la problemática del suicidio en los jóvenes, como un fenómeno preocupante sobre el que había que actuar. En este contexto el caso Noelia chirría, y no es impropio aventurar que este caso tendrá consecuencias en ese segmento de jóvenes de tendencias, tentaciones, ideaciones o intentos de suicidio. La hija de unos amigos que se halla saliendo de la adolescencia, seguramente, haciéndose eco de la mentalidad dominante de su edad, invocaba la libertad de cada cual para decidir sobre su vida. Es interesante ver de súbito esta actitud nihilista que no existencialista, menos, esencialista, para la que no existen referentes éticos, concepciones metafísicas, patrones culturales. La apelación abstracta a una libertad incondicionada era rebatida en televisión por un psicólogo que trabaja con personas de tendencias y actos suicidas, para quien la libertad al estar tan condicionada puede decirse que no es tal o muy menoscabada. También el púlpito progresista apela a la libertad individual, cuando siempre la han cercenado en beneficio y primacía absoluta de los imperativos colectivos/estatalistas, y ponen el grito en el cielo por la demora administrativa en la consumación. Se han vuelto fríos e impacientes gestores.
Para una juventud confusa entregada a estímulos materialistas y de coraje encogido, podrían acudir a una vía más cómoda, acompañada, protegida, indolora; una gran propuesta por el suicidio hospitalario. n
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