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Opinión | De un vistazo

Pedro Afonso

Cielo e infierno

Manifestación de la Plataforma por la Dignidad de los Autónomos

Manifestación de la Plataforma por la Dignidad de los Autónomos / Andrés Gutiérrez

Esta mañana vi el cielo y el infierno del mundo del trabajo. No en un informe, en dos historias reales.

Un autónomo me hablaba con preocupación. Su mujer, también autónoma, está embarazada de cuatro meses y el embarazo empieza a complicarse: malas noches, molestias, incluso alguna contracción.

Tiene tres empleados y uno de ellos había pedido una baja repentina. Al día siguiente, revisando redes sociales, descubrió que esa misma persona tenía actividades deportivas reservadas en horario laboral. Que, como todos sabemos deben reservarse con bastante antelación.

Más que un problema organizativo, lo que sentía era otra cosa: La sensación de haber sido engañado.

Para una gran empresa puede ser una incidencia. Para un pequeño empresario, cada persona cuenta.

Cuando se rompe la confianza, todo pesa más.

La segunda historia ocurrió poco después.

Rompí por error el ticket del aparcamiento y la máquina no lo leía. Mientras intentaba recomponerlo con los trozos, una señora que pasaba con su hija se detuvo.

—¿Qué le pasa, señor?

Se lo expliqué. Me pidió educadamente el ticket, colocó con paciencia los trozos y alineó el QR. Lo pasó varias veces por el lector hasta que finalmente funcionó. Pude pagar y sacar el coche.

Luego me comentó que trabaja allí, aunque ese día estaba fuera de servicio. Simplemente me vio preocupado y decidió ayudar.

Dos historias de personas, en ambiente laboral, en la misma mañana. Una habla de desconfianza. La otra de generosidad. Y ambas recuerdan algo esencial:

Las empresas no son solo estructuras económicas. Son sistemas humanos.

Muchas veces pedimos que las empresas traten a las personas como personas. Y es justo.

Pero también es cierto lo contrario: Las personas deben tratar a las empresas, a sus compañeros y a sus clientes como personas. Porque al final todo funciona como un pequeño, pero fundamental, sistema de confianza. Si falla, aparece el infierno cotidiano de la desconfianza. Si funciona, aparecen gestos que nos reconcilian con el mundo.

La diferencia, muchas veces, está en algo muy simple: La actitud de cada uno de nosotros.

La pregunta es inevitable: ¿Estamos construyendo confianza… o debilitándola cada día?

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