Opinión | Notas del móvil
No queda más que esperar a que deje de llover

Una mujer pasea bajo la lluvia de una tormenta en Canarias. / Carsten W. Lauritsen
Si algo me enseñó la experiencia de la migración (cortar raíces, dejar un hogar y cruzar un océano en busca de otro horizonte) fue la importancia del arraigo. La importancia de tener un suelo sobre el que caminar, un suelo que sentir como propio. Una base, sea cultural, familiar e incluso material, de la que partir para afrontar la adversidad. Pero, sobre todo, una base a la que volver cuando el golpe en la cara es demasiado fuerte. Siento que la experiencia humana va de la mano de la constante búsqueda de ese arraigo: ir cultivando, poquito a poco, semillas cuyas raíces nos hagan más fuertes, más resistentes al cambio y más capaces de avanzar.
Es difícil echar raíces cuando nada es estable. Cuando las condiciones no son ni remotamente óptimas para un sustento propio, tranquilo, en calma. Es esa inestabilidad, ese conflicto, esa tierra mala de arar, lo que lleva a la migración, a empacar una vida entera e irse.
Creo que es un grupo muy reducido el que puede ver el panorama mundial actual y decir: qué bien van las cosas (probablemente lo digan solo aquellos que se benefician o que apoyan ciegamente como unos se llenan los bolsillos mientras ellos no tienen para llegar a fin de mes), pero la realidad es que las cosa está chunga o, como dicen en Venezuela, la masa no está para bollo.
La idea de futuro se tergiversa y se hace más borrosa, abstracta, con titulares que hablan de genocidios, de bombas, de sueldos bajos, de altos precios de la vivienda, de bolsas de la compra por las nubes y de influencers que se mudan a Andorra (o que reclaman que el Estado español no los saca de Dubai, después de regodearse por haberse mudado para no pagar impuestos).
Es difícil echar raíces cuando la posibilidad de acceder a una vivienda digna, de pagar un alquiler (ya ni siquiera ser propietario), se ha vuelto un proceso asfixiante. Un proceso que hierve la sangre al ver los cartelitos rosas con las dos uves en muchísimos de los edificios que bajan del Heliodoro en Santa Cruz. Un proceso que hierve la sangre al escuchar inglés, polaco, alemán, francés o italiano con más facilidad que español en la cola del HiperDino.
Ahora, está subiendo la gasolina y ni siquiera sabemos con certeza si es como consecuencia de la guerra o por los señores de turno especulando. Ahora, volverá a aumentar el precio de los alimentos, de los productos de primera necesidad... Y aún así es tan enfermizo todo, que tenemos que dar las gracias. Dar las gracias por no ser nosotros el blanco. Dar las gracias por haber logrado salir, por migrar.
Es difícil echar raíces, pero no queda de otra. No queda otra más que votar bien. No queda otra más que reclamar lo nuestro. No queda de otra más que esperar a que deje de llover.
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