Opinión | Retiro lo escrito
La sátira torrentista

Torrente, interpretado por Santiago Segura. / EPC
Los izquierdos, izquierdas e izquierdes están muy molestos con Torrente presidente, la sexta y quizás ultima película de la saga que dirige, produce, protagoniza y escribe Santiago Segura. En las primeras horas después de su muy esperado estreno los críticos del progresismo inmaculado se contuvieron un poco, posiblemente por puro sentido del ridículo. Después no aguantaron más y empezaron los vómitos. Las izquierdas, en general, tienen la piel muy finita. Antes encajaban y sacaban conclusiones y replicaban. Ahora, como la princesa del cuento, no pueden dormir si bajo el colchón de la cama se ha deslizado un guisante. Torrente presidente, el guisante que ahora les incomoda, es una película para reírse un rato, sin pretensiones políticas o sociológicas. Ah, pero no es así, porque si uno se asoma al trasfondo ideológico descubre una reivindicación de espíritu de la ultraderecha, una apología del nihilismo político que desemboca en el voto a Vox, una exaltación de cualquier instinto antidemocrático. El filme sería mercancía fascistoide de contrabando, porque Torrente se dedica a ridiculizar los discursos y valores de las izquierdas mientras a la ultraderecha solo dedica chistes casi indulgentes.
El cuñadismo no solo es de derechas. También existe un cuñadismo de izquierdas, igual de cerril, igual de ignorante y lerdo, igual de autosatisfecho. Un ejemplo es Angels Barceló, cuya facilidad para la bobería políticamente correcta ya es proverbial. Barceló empieza a soltar estupideces sobre la película de Segura y en un instante concreto afirma que muchos actores que hacían de cuñados no debieron hacer un gran esfuerzo interpretativo porque ya son cuñaos. ¿De qué actores hablará esta? ¿De Gabino Diego? ¿De Javier Cámara? ¿De Alec Baldwin o Kevin Spacey? Acabáramos. Se refiere a los cameos. A los cameos de tipos de derecha, porque los de izquierdas no pueden ser cuñados. ¿O está llamando cuñaos al Gran Wyoming o a Jordi Évole? No puede ser. La barcelonada ilustra perfectamente una incapacidad crítica que ilumina todas las confusiones de mentecatos semejantes. Confusión entre persona, profesional (actor) y personaje. Confusión entre género e ideología. Confusión entre humor y hermenéutica política. Cuando alguien te dice que Torrente presidente es una película facha no es que no la haya entendido: es que no entiende lo que es una película. Es como si te contara, imbuido por una enorme satisfacción intelectual, que El guateque es una burla del imperialismo occidental hacia la civilización indostánica porque el patoso hindú que interpreta Peter Sellers ni siquiera sabe utilizar un rollo de papel higiénico.
La comicidad no siempre es crítica. En El Guateque, desde luego, no lo es. La comicidad de la peli de Blake Edwards deriva de un montón de accidentes ridículos cuyo efecto acumulativo conduce a una grotesca catástrofe. La insignificancia del hindú y el resultado casi apocalíptico de su torpeza y su mala suerte generan un contraste hilarante. Torrente presidente es una sátira política pero dentro del código estético y el discurso narrativo de la serie. No sé si pretendían que Segura dirigiera un filme de Costa-Gavras. La ultraderecha es tratada con desprecio supino. Y quien termina como su candidato presidencial es Torrente, un personaje vil y repugnante. Lo que ocurre a su alrededor deriva de otra confusión: el expolicía franquista, putero y canalla es ya, después de un cuarto de siglo, un personaje entrañable para los espectadores. Un monstruo doméstico. También queremos a Toni Soprano y es un mafioso asesino, vengativo y cruel. Las barbaridades que suelta el expolicía ya no nos asquean porque son cosas de Torrente. Así que es un ultra que nos cae simpático en su imbecilidad y ordinariez mientras que los personajes en los que se caricaturiza a la izquierda solo producen desprecio y risotadas. Pero es que ocurre algo muy sencillo, algo obvio: se lo merecen. Porque un número nada insignificante de ciudadanos está decepcionado, cansado, harto del sanchismo, sus compinches, su retórica, sus mentiras, sus putrefacciones y sus canalladas. Tal vez sean carcajadas nihilistas. Pero también son necesarias.
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