Opinión | Claroscuro
Saray Encinoso
Recuperar la conversación

Recuperar la conversación / El Día
Hay una anécdota muy repetida que circula por internet. Una estudiante preguntó a Margaret Mead cuál creía que había sido el primer signo de civilización humana. La antropóloga estadounidense no habló ni de agricultura, ni de asentamientos, ni de domesticación de animales. Tampoco mencionó agujas hechas con hueso, puntas de lanza elaboradas con piedra o vasijas de barro. No se enredó en teorías científicas. Dijo que el primer signo de civilización era un fémur fracturado y luego curado. En algún momento, un ancestro sapiens se rompió una pierna y no fue abandonado a su suerte. Alguien lo cuidó el tiempo suficiente para que el hueso soldara. Ese gesto -detenerse, esperar, proteger al otro- fue, para Mead, el verdadero comienzo de la vida en común.
Cuidar de los demás sigue siendo, probablemente, lo que mejor define a la especie humana. No hay sociedad sin el otro. Y una de las formas más sencillas que tenemos hoy de cuidarnos es conversar. Sin embargo, a veces soy consciente de lo difícil que resulta hacerlo. No me refiero solo a las trincheras desde las que se establece la conversación pública, sino al ejercicio que realizamos cada uno de nosotros cuando hablamos con otra persona. No hay día en que empiece a hablar con alguien y mi mente no se deslice hacia otro lugar: las llamadas pendientes, el acto del día siguiente, las tareas que aún no he hecho. Me cuesta mantener un interés genuino por lo que me cuenta la persona que tengo enfrente. No porque no me atraiga lo que tiene que decir, sino porque el estado de multitarea en el que vivo apenas deja espacio para conectar con los demás. Y tengo la impresión de que no soy la única a la que le ocurre, de que muchas de nuestras conversaciones se parecen cada vez más a los audios de WhatsApp. Son monólogos que se suceden; cada cual habla de lo suyo, pero el vínculo apenas llega a formarse.
Últimamente he detectado otra forma de perversión de la conversación. Apoyadas en todas las modalidades de inteligencia artificial que han surgido, muchas personas piden a estas herramientas que escriban por ellas cómo se sienten o en qué están trabajando. Lo vemos en personajes públicos. Desde un influencer hasta un alto ejecutivo, cuando van a compartir un texto en redes sociales, todos prefieren la versión de ChatGPT o la de Google Gemini a la suya propia. Es fácil detectarlo porque todas las redacciones siguen el mismo patrón, usan las mismas negaciones y repiten las mismas palabras. Facebook, X, Instagram y Linkedin están plagados de parrafadas que no ha escrito un ser humano. Hace unos días, escuchando el podcast Pausa, con la periodista Marta García Aller y el filósofo Diego Garrocho, descubrí otro nivel de este fenómeno: hay quienes incluso ligan en Tinder recurriendo a estas mismas técnicas (luego se extrañarán de que las primeras citas presenciales no funcionen).
Tal vez no debería sorprendernos. En un mundo en el que subcontratamos casi todo -lo primero, los cuidados-, empezamos también a externalizar algo tan íntimo como las palabras. Olvidamos que la improvisación y la imperfección, eso que ninguna máquina reproduce del todo, forman parte de lo que nos hace únicos. Igual que escribir ordena lo que pensamos, conversar lo pone a prueba. Y escuchar -de verdad- es una de las pocas formas que quedan de salir, aunque sea por un instante, de nosotros mismos.
En la guerra que libramos por recuperar nuestra capacidad de atención, la de la escucha es una de las batallas mas decisivas. Porque puede que quien se dirija a nosotros sea alguien que ha sufrido un accidente, se ha roto el fémur y necesita ayuda para no quedarse inmóvil al alcance de las bestias. O quizás, en algún momento, seamos nosotros quienes estemos indefensos y necesitemos que alguien nos preste atención. ¿Estamos dispuestos también a renunciar a eso?
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