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Opinión | De refilón

Sin casco ni chaleco

Territorio comanche

Territorio comanche / El Día

Todavía recuerdo el día que cayó en mis manos Territorio comanche. Tras leer los viajes de Kapuściński en África y América como reportero, la autobiografía de Pérez-Reverte animó a miles de chicos a adentrarnos con pasión en el controvertido y arriesgado mundo del reporterismo de guerra. Zonas de conflicto romantizadas y contadas como las aventuras de Simbad en el Índico. Pero aquella épica tenía estructura: redacciones detrás, medios que financiaban coberturas y corresponsales que, con todos los riesgos, no estaban solos. Hoy, ese modelo se ha resquebrajado.

En la era más reciente, los nuevos ‘obreros’ de la información en zonas de guerra –tirando del término anglosajón, los freelance– han pasado a ocupar la primera línea. Sin contrato, sin respaldo y, en demasiados casos, sin el equipo mínimo de protección. La imagen romántica se diluye cuando la realidad irrumpe con la misma crudeza que el día a día en los Balcanes. Según datos de la UNESCO, alrededor de uno de cada cinco periodistas asesinados en el mundo es freelance. No se trata de una coincidencia, sino del reflejo de una precariedad estructural: trabajan en solitario, sin respaldo logístico ni contractual y, en demasiadas ocasiones, sin seguro, sin formación especializada y sin el equipo mínimo para proteger su vida.

La dimensión del problema se hace aún más evidente al observar su evolución en el tiempo. Desde 1992, más de 200 periodistas freelance han muerto cubriendo conflictos armados. Lejos de reducirse, esta tendencia se ha intensificado en los últimos años, impulsada por guerras de alta intensidad y larga duración como las de Ucrania o Gaza, donde la presencia de informadores independientes se ha vuelto cada vez más habitual y, al mismo tiempo, más vulnerable.

Uno de los aspectos más alarmantes de esta situación es la falta de acceso a equipos básicos de protección. Organizaciones como el Committee to Protect Journalists llevan años alertando de que muchos de estos profesionales se ven obligados a trabajar sin casco balístico ni chaleco antibalas. Incluso, Reporteros sin Fronteras ha realizado diferentes llamamientos para visibilizar una situación insostenible. El coste de este material, que puede alcanzar fácilmente cientos o incluso miles de euros, resulta inasumible para quienes dependen de colaboraciones puntuales y pagos irregulares.

A diferencia de los corresponsales vinculados a grandes medios, que cuentan con la obligación empresarial de garantizar su seguridad, los freelance asumen en solitario todos los riesgos y costes derivados de su trabajo. Esta desprotección no es teórica, sino tangible sobre el terreno. Durante la guerra de Ucrania, por ejemplo, se documentaron numerosos casos de periodistas locales que comenzaron a cubrir bombardeos sin ningún tipo de protección, simplemente porque no podían permitirse adquirirla. Y, como siempre, la precariedad alcanza niveles especialmente duros cuando se pone el foco en la remuneración.

No son pocos los periodistas freelance que aceptan trabajar en zonas de conflicto por apenas 100 euros por reportaje, una cifra que resulta irrisoria si se compara con el riesgo real que asumen. En muchos casos, ese pago no cubre ni siquiera los gastos básicos de desplazamiento, alojamiento o alimentación, mucho menos el coste de equipos de protección, seguros médicos o formación especializada. Siempre se han aprovechado del romanticismo y de la pasión por informar. Da igual que sea en zona de conflicto o en la comodidad de una rueda de prensa.

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