Opinión | Al filo de las letras

Redactora
La nostalgia es el lenguaje de nuestro tiempo

Nostalgias y remordimientos
Hace ya muchos años que nuestra política más rancia cubre su podredumbre bajo el eufemístico manto de la nostalgia. La memoria no solo está enquistada entre aquellos que son abiertamente fascistas, sino que impregna a otros sectores donde persisten unos mitos sobre la falsa benevolencia de un régimen camaleónico. Pero aguiluchos y cuñadismos aparte, la nostalgia también tiene otro tinte que busca todo lo contrario: refugiarse del turbulento panorama mundial volviendo a una época en la que, desde la distancia, creemos haber sido más felices.
Si prestamos atención a las novedades que se estrenan como churros en el mundo de la cultura y el ocio, en seguida nos daremos cuenta de que no tienen nada de nuevas. El regreso de Avatar, de Hannah Montana, de Scream y de todos los superhéroes habidos y por haber son solo una pequeña parte de los reboots, remakes y secuelas que nos tragamos con gusto. Igual que con la ropa vintage, todo pasa de moda y vuelve a ser estupendo después de unos años prudenciales que nos permiten verlo desde la lejanía.
La vuelta a lo viejo se siente como un paradójico soplo de aire fresco. Vivimos a merced de la autoexigencia y el estímulo constante, tratando de exprimir cada minuto de cada día para sacar provecho incluso de las pausas para comer. Todo pasatiempo puede ser rentalizable y todo descanso sirve para producir más. En ese contexto, dejar de reinventarse y buscar cobijo en lo conocido es un alivio para el cerebro, que se permite abandonar momentáneamente el modo de supervivencia.
Pero la vuelta a lo viejo, además, se explica porque en esa maraña de hiperproductividad no queda espacio para la contemplación que permite crear cosas nuevas. Ser originales en un mundo acelerado es como pedir un dibujo de trazado limpio mientras se viaja en coche por la autopista. Así lo dice Byung-Chul Han en su libro La sociedad del cansancio: «Del estrés puro no sale nada nuevo. El estrés no sirve más que para reproducir y acelerar lo que ya existe (...). El animal laborans de la Modernidad tardía es cualquier cosa menos animal. Es hiperactivo e hiperneurótico».
La industria del ocio se alimenta de la nostalgia. Siempre es más fácil retomar las fórmulas que ya se sabe que funcionan, no solo para quienes las producen, sino también para quienes las consumen. El regreso a los relatos que ya conocemos es, además, la distracción perfecta para que nuestros cerebros miedosos ignoren un mundo cada vez más inestable. La comodidad de la nostalgia nos da un chute adictivo de calma, por mucho que solo sea un oasis. Por eso nos encanta repetir las mismas películas, comer los mismos platos cada vez que vamos a un restaurante o envenenarnos una y otra vez con nuestros hábitos más tóxicos.
Anclarse a lo conocido se traduce en la comodidad de no pensar demasiado. La nostalgia no es necesariamente eso, pero, si todo nos remite al pasado, nunca seremos capaces de avanzar y escuchar las voces silenciadas que están hablando ahora. Eso es lo que ocurre en las sociedades conservadoras –que van de cara con sus mensajes retrógrados –, pero también en los sectores que deciden no remover conciencias y aferrarse al privilegio de su tranquilidad. Su nostalgia solo se transforma cuando tienen algo que perder. Entonces dejan de anhelar las series que veían en la infancia y, en su lugar, anhelan la época en que sus vidas estaban hechas de nostalgias banales.
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