Opinión | Observatorio
José Manuel Pérez Tornero
La IA y el privilegio de matar a distancia

Dario Amodei, cofundador y director ejecutivo de Anthropic, la empresa de IA responsable de los modelos Claude. / Ruhani Kaur / Bloomberg
Mientras el Pentágono y el ejército israelí mataban al ayatolá Jameneí y a la mayor parte de la cúpula dirigente de Irán, sus misiles eran guiados por Claude, la IA de la empresa Anthropic.
Como se sabe, los misiles acertaron de pleno, pero el ejército de EEUU –al usar la IA de Anthropic– se saltaba las dos líneas rojas del contrato que la empresa había firmado con el Gobierno americano: la de usar Claude para la vigilancia masiva de los ciudadanos, y la de implementarla en el uso de armas autónomas sin supervisión humana.
Cuando Dario Amodei –CEO de Anthropic– hizo valer estas líneas rojas ante Trump, este no tardó en fulminarlo. Le excluyó de golpe de cualquier contrato con el Gobierno. Una cosa así no había sucedido nunca.
El episodio tiene dos caras. La primera, la prepotencia de un Ejecutivo dispuesto a pisotear los derechos de cualquiera cuando la voluntad de su presidente lo reclama. La segunda, la irrupción definitiva de la IA como arma de combate. Pero ambas caras responden a un único y nuevo fenómeno, la guerra a distancia: misiles lanzados desde cientos de kilómetros. Drones autónomos que seleccionan objetivos. Modelos de IA que optimizan decisiones letales desde la distancia segura de una pantalla. Esta nueva guerra a distancia, mediada por la IA, tiene la ventaja de que permite infligir daños a los adversarios sin arriesgar, quedando completamente inmune.
Basta comparar la guerra entre Rusia y Ucrania con la de Gaza o Irán. En el primer caso, ambos contendientes están sufriendo pérdidas humanas comparables. En el segundo, las víctimas caen de un solo lado. Los atacantes no arriesgan nada; las víctimas lo pierden todo. Gaza fue el primer laboratorio de este tipo de guerra. Irán, su confirmación.
Pero esta lógica bélica, más allá de los daños directos que provoca, tiene un corolario político: los países que ejercen la guerra mediada por la IA tienden a erosionar su propio Estado de derecho. En Israel este ha quedado reducido al mínimo. En EEUU aún no se ha llegado tan lejos, pero el ICE y el papel de la Guardia Nacional son indicios de que se apunta en la misma dirección.
La IA, como ya anunciaron en su día algunos de sus pioneros, no será en la guerra una herramienta más, sino un sistema que puede generar explosiones en cadena. Es una especie de nueva Excalibur, surgida de otro mundo, al servicio de presidentes que –como Trump o Netanyahu– parecen no rendir cuentas ante nadie. Un arma que puede acelerar y hasta sustituir la toma de decisiones por parte de los humanos y que, en todo caso, disuelve la cadena de responsabilidad en modelos algorítmicos. Que puede agrandar hasta el infinito la distancia entre quien mata y quien muere.
Todo esto ocurre bajo el techo de la narrativa heroica y tecnofeudal del trumpismo. Trump parece ser el nuevo rey Arturo que, en posesión de Excalibur, se propone recuperar un orden perdido asistido por sus caballeros de la Mesa Redonda: Musk, Bezos, Zuckerberg, Ellison, Altman. Hay que reconocer que la guerra asimétrica y a distancia que han emprendido contra sus enemigos (incluyendo al Estado de derecho) no son accidentes de ese proyecto: son su conclusión lógica.
La batalla es desigual. Pero, por esta misma razón, nuestra respuesta solo puede ser acercarnos lo más posible a las víctimas, y reconocernos siempre en ellas pese a la distancia. Y, al mismo tiempo, defender sobre el terreno y palmo a palmo nuestros derechos como seres humanos y ciudadanos.
Para ello, necesitamos una nueva contranarrativa. Que sea crítica con el poder y que recupere la centralidad de las víctimas de los conflictos. Que exija que quien mata mediante la IA tenga el mismo riesgo y la misma responsabilidad que quien dispara a bocajarro. Que consiga que la distancia que pone la tecnología entre el verdugo y su víctima no sea nunca ni un anestésico para quien lo contempla, ni un atenuante para quien perpetra el delito.
Por esto, lo que más necesitamos en estos tiempos es un periodismo crítico y comprometido que sepa despertar una conciencia pública activa. n
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