Opinión | El recorte
Ofendidos y ofensores

El Rey Felipe VI visita la exposición “La mitad del mundo. La mujer en el México indígena” en el Museo Arqueológico Nacional / CASA S. M. EL REY
Cuando el Gobierno de España pidió un cristiano perdón por la conquista de Méjico –¡uy! Perdón: México– la derecha opinó que era una estupidez retrospectiva. Ahora, que lo ha dicho el Jefe del Estado, o sea, el Rey, se la comen doblada y exclaman, ¡ejem!, que qué derroche de sensibilidad. Y que París bien vale una misa. Pero no. Una tontería es igual venga de Agamenón o de su porquero.
Es posible que el mundo deba entonar un mea culpa colectivo. La Iglesia por quemar sabios, mujeres y herejes. Los alemanes por hacerlo con los judíos. Los judíos por los palestinos. Los palestinos por los judíos. España en nombre de la sangre vertida por Castilla. Estados Unidos por el exterminio indígena, por Hiroshima, Nagasaki, Mai Lai y doscientas mil atrocidades más. Japón por las esclavas sexuales para su ejército y Pearl Harbour. Bélgica por la masacre en el Congo. La mitad del mundo por haber traficado con esclavos. Aquí no se libra ni dios de pedir perdón por lo que hicieron sus ancestros.
El problema es que cuando uno camina mirando hacia atrás es posible que se coma una farola. Los progres mexicanos tienen todo el derecho del mundo, en nombre de los aztecas, a exigir disculpas a los españoles, por los castellanos, aunque ninguno de esos mundos existan ya. Pero esa petición de contrición sería más creíble si los mexicanos hicieran lo mismo con los indios apaches, a los que masacraron hasta entrado el siglo XX, en cacerías humanas por Sonora y Chihuahua. O con los indios Yaquis, que durante el Porfiriati fueron deportados como esclavos para quedarse con sus tierras.
La historia está escrita con sangre. El problema, empero, es que aún seguimos escribiendo así el presente. México existe porque los castellanos forman parte de su pasado. Y es verdad que es un pasado de muertes. Antes, durante y después de la Conquista. Que España pida perdón por lo que hizo Castilla cuando no existían los españoles propiamente dichos es muy cristiano y muy inútil. Aunque tampoco hace daño. Pero si el Rey Felipe VI está en modo contrito, podría empezar por el genocidio del pueblo guanche de Canarias, que fue anterior a lo de Cortés y Moctezuma.
Ya que el presidente Sánchez no vino a la celebración de nuestro Estatuto de Autonomía podría mandar a Albares, en desagravio, para lamentarse de tanta sangre derramada por nuestras laderas y barrancos y tanto esclavo arrastrado con cadenas a la Corte católica. Y como junto a las espadas vinieron los crucifijos, el Papa podría aprovechar el viaje para sumarse a la penitencia.
Lo que el árbol tiene de florido vive de lo que tiene sepultado. Después de los arcabuces, aquí y en América, también vinieron las escuelas, las universidades, la lengua, el comercio y la civilización. Vino una cultura a la que, nos guste o no, pertenecemos. Que permite, incluso, abjurar de ella en la misma lengua de los criminales.
Lo que fue no se puede cambiar. Solo explicar. Pero el presente sí escribe el futuro. Los guanches viven en la memoria, pero nuestros nietos lo harán en una tierra que depende de lo que hagamos ahora con ella. Yo exigiría menos perdones y más recursos. Que nos den pan o libertad. Que las hostias ya nos las dieron los frailes y los adelantados.
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