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Opinión | RETIRO LO ESCRITO

El futuro

Antes desaparecían los maestros pero permanecía (en evolución) el mundo que habían ayudado bien o mal a forjar. Ahora el mundo muta en un desorden perfecto, incesantemente renovado y enseguida incomprensible.

Imagen de archivo de Jürgen Habermas.

Imagen de archivo de Jürgen Habermas. / SIMELA PANTZARTZI

Últimamente se nos muere gente, la gente que en buena parte debemos lo que somos o han contribuido al código por el que nos comprendemos y comprendemos al mundo, y se apodera de quien ya nos es joven no la melancolía – la melancolía es una afección juvenil – sino una tristeza que es como un dolor de espalda, un tortícolis, una arritmia. Una tristeza que es, sobre todo, un dato biológico. Morirán ellos, moriré yo, morirá la mano que expresa la belleza o arma la lucidez. Si vivo una década más llegaré a un mundo que difícilmente entenderé, y no por la maliciosa complejidad de los cacharros, sino porque no se entenderán entonces el lenguaje de las especulaciones y los sueños de hoy. ¿Quién durará más? ¿El sabio Junger Habermas o el periodista Raúl del Pozo? Construyes un edificio teórico que extrema complejidad en diálogo con la filosofía y las ciencias sociales de tu tiempo y la ética comunicativa resultante no deja de ser una utopía, aunque el filósofo alemán se pusiera siempre nervioso cuando le insinuaban que su teoría de la acción comunicativa proponía un horizonte utópico. Uno está con Habermas. Esta con la ciencia, con el dialogo crítico entre los ciudadanos como fundamento y legitimación de una democracia deliberativa, con la defensa de las libertades que se engendraron con la Ilustración y otras cosas, por supuesto, pero todas sus obras, todo ese gigantesco, brillante, abigarrado y sutil diálogo, siempre me pareció una maquinaria especulativa más propia de un laboratorio que de un ágora. Cuando murió Heidegger (1976) y después, al fallecer Gadamer (2002) sonaron los violines para interpretar la partitura del último filósofo. Quizás el último filósofo haya desaparecido ahora, porque ya es inimaginable que nadie pueda asumir la digestión epistemológica de tantas disciplinas, lenguajes teóricos y discursos. Hace muchas décadas se ha quebrado irreparablemente la unidad del saber que permitía una estructura filosófica tout court. Ya en Habermas faltaban demasiadas cosas, demasiadas perspectivas, demasiadas interrelaciones, desde el feminismo a la semiótica, desde la economía (ya al leer La reconstrucción del materialismo histórico asombraba su indiferencia hacia la teoría económica) a la computación y la inteligencia artificial, que dicen que en los últimos años lo tenía entre maravillado y estupefacto. Nosotros estaremos con el viejo Habermas siempre, pero el futuro me temo que no.

Y eso es, imagino, lo decisivo. La velocidad del futuro. Corre a una velocidad endiablada y cada vez más vertiginosa. Tal vez en el plazo de esos diez años que mencionaba una IA pueda escribir columnas de Raúl del Pozo por decenas cada día. En realidad ya puede hacerlo, pero todavía son aproximaciones e incluyen balbuceos, torpezas, gruesos despistes. En un puñado de años, si se introducen todas sus columnas, todas sus novelas, todas sus entrevistas, todos los libros de su biblioteca que ya están digitalizados, saldrá una columna impecable, inconfundible, de Raúl del Pozo sin duda. ¿Dónde quedará el concepto de autoría literaria, científica o tecnológica? Simplemente no existirá, imagino. Volveremos a la Antigüedad, donde la autoría suponía algo irrelevante, y al conjunto de autores de unos poemas épicos -- hasta hoy insuperados e insuperables -- llamaron Homero. Por otro lado, ¿por qué preocuparse? Nadie se toma ya nada demasiado en serio, salvo para insultar y avasallar a los demás. Queridos habermasianos, no busquen una razón dialógica. En el centro de este sistema disfuncional y acelerado, de estas democracias simulativas, ya no existe, nunca existió para las mayorías, un diálogo racional, sino simultáneos monólogos sentimentales. Agobiados por acechanzas catastróficas – guerras, crisis económica, desempleo, pobreza, violencia – los supuestos ciudadanos se abandonan a la indiferencia o al nihilismo político y electoral. Antes desaparecían los maestros pero permanecía (en evolución) el mundo que habían ayudado bien o mal a forjar. Ahora el mundo muta en un desorden perfecto, incesantemente renovado y enseguida incomprensible.

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