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Opinión | Punto de vista

Cultura cívica

La VII Feria de Adopción tendrá lugar este fin de semana.

La VII Feria de Adopción tendrá lugar este fin de semana.

En el respeto y la convivencia se halla la virtud del buen ciudadano. Podría parecer alguna cita de Aristóteles sobre la vida en la polis, pero nada más lejos de la realidad. Es una metáfora que explica el grado de pasotismo que se desprende de nuestro deber como buenos ciudadanos. Nos pasamos por el arco del triunfo la correcta utilización de los contenedores públicos que pueblan nuestras calles. Y lo hacemos por pura desidia, a veces, también por ruindad. Es una prueba irrefutable. Alguien llega al contenedor con una bolsa… y al lado ya hay una silla rota, una tostadora rumbrienta, un ventilador sin aspas y una caja de cartón sin plegar. El contenedor está a solo un metro. Pero los enseres quedan fuera de su lugar. Acercarte un poco más da mala suerte. Es como el síndrome del carrito insurgente. Ese momento en el supermercado en que alguien empuja el carrito vacío hasta el aparcamiento… y lo deja flotando libremente entre los coches, porque salen ronchas si lo aparcas en su sitio indicado a escasos metros de tu coche. También está el clásico del lanzamiento olímpico de cigarro. Ese gesto técnico por el cual alguien lanza una colilla al suelo con suma elegancia, pese a que la basura con su soporte para apagarla está al lado. Luego está el de aparcar «solo un minutito en doble fila», una disciplina que misteriosamente suele durar veinte. Una tostadora fuera del contenedor parece poca cosa. Una caja de cartón sin doblar es una bobería. Un cigarro o un chicle en la calle no hace daño a nadie. La suma de esas pequeñas decisiones es la que construye ciudades y ciudadanos, marcando la delgada línea que separa la guarrería del civismo. «Que lo recoja otro». «Total, solo es esto». «Nadie se va a enterar». El problema es que media ciudad piense así al mismo tiempo. ¿Y cómo corregimos esta práctica casi cultural? La solución más rápida son las multas. Sin embargo, creo que la clave está en hacer que lo correcto sea lo más fácil. Cuando el punto limpio está a veinte minutos en coche, cuando los horarios son imposibles o cuando el contenedor de reciclaje parece diseñado por un ingeniero de la NASA, la gente empieza a pasar de todo. En cambio, cuando las ciudades facilitan la recogida gratuita de enseres, contenedores claros o sistemas simples, el comportamiento mejora muchísimo. Al final somos muy prácticos. Parece todo muy romántico, pero un pilar fundamental es la educación y la cultura cívica. Me refiero a empezar educando en casa con pequeños gestos que determinarán el futuro. Por ejemplo, cuando los niños ven a los adultos doblar una caja antes de tirarla o reciclar con colores. Desde el momento en el que se empieza a hacer entender que el espacio público es de todos, la cosa empieza a ponerse mejor. Las sociedades más cuidadosas con su entorno no lo son porque tengan más leyes o apliquen más sanciones. Lo son porque han normalizado el no fastidiar lo que compartimos. No dejes el mueble en el contenedor de cartón, ni tampoco la bicicleta del niño al lado de los vidrios. Más cultura cívica.

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