Opinión | Claroscuro
Saray Encinoso
Viva la rutina

El Diccionario de la Real Academia Española cuenta con 93.000 palabras. / PIXABAY
imprevisible, arriesgada, en constante reinvención. El éxito no estaba en semanas idénticas y predecibles, sino en exprimir cada día como si fuera el último, en ser nuestros propios jefes, en buscar siempre la novedad. Todos podíamos ser genios; solo necesitábamos un garaje para demostrárselo al mundo.
Se hablaba tanto de emprender que hasta los cantautores daban charlas sobre «emprendeduría» -entonces no se decía emprendimiento, un término que acabaría colándose en 2014 en el diccionario de la Real Academia Española-. En 2010 recuerdo cubrir una conferencia que Jorge Drexler impartió en la Universidad de La Laguna y quedarme atrapada en algo que dijo el músico uruguayo: «En la vida hay que tener puntos de fuga, pero no un destino fijo; por eso me encantan los vectores, porque son direcciones y no puntos de llegada». Yo tenía menos de 30 años y aquella declaración de intenciones me pareció luminosa: quién no querría vivir el resto de su vida descubriendo algo nuevo cada día. Meses más tarde pedí una excedencia en el periódico y me gasté los ahorros en un máster en Madrid.
Lo que vino luego fue menos luminoso y es fácil de recordar porque aún nos pasa factura. La crisis inmobiliaria, que ya había sacudido a nuestros vecinos, terminó de hacer estragos en Canarias y poco a poco nos dimos cuenta de que la meritocracia no funcionaba tan bien como nos habían hecho creer. Pasamos de salir de la zona de confort por voluntad propia a que el sistema nos empujara fuera de ella, y años más tarde comprobamos que no existía camino de vuelta. La única forma de no caer era no mirar nunca hacia atrás, siempre hacia adelante, aunque sospecháramos que estábamos dentro de una rueda, igual que un hámster, y que lo que hacíamos no era precisamente avanzar.
Hoy sobrevivimos en un presente continuo que se parece demasiado al scroll infinito que practicamos en redes sociales con la excusa de desconectar. Como en los diarios digitales, en nuestra vida todo se encadena: un contenido, otro, otro más, sin pausas ni límites claros. El tiempo se diluye, pierde sus bordes. Cuesta saber dónde termina una cosa y empieza la siguiente, dónde acaba el trabajo y comienza lo demás. Y saturados de estímulos, perdemos la capacidad de fijar la atención en algo. Y concentrarse, al final, también es una forma de descanso.
Nos hemos convencido de que la dopamina solo se libera con las novedades, pero la neurociencia tiene claro que también ocurre cuando el cerebro anticipa algo conocido y placentero. Por eso los niños ven una y otra vez la misma película o escuchan las mismas canciones: conocer el final, saberse la letra, les genera sosiego. No hay repetición sin novedad, eso está claro; el cerebro necesita la novedad para aprender, pero también -y eso es lo que estamos perdiendo- necesita andamios seguros.
Probablemente por eso, cada cierto tiempo regreso a las canciones que cantó Drexler aquella tarde en la facultad de Económicas. Sus melodías me llevan a un lugar seguro, a ese paraíso al que hemos estado intentando volver desde que nos expulsaron. Voy a los mismos bares, repito destinos en mis viajes, y sigo encontrando luz en los consejos que dio ese día: prestar atención a los elementos con los que nos toca batallar -una palabra, una vocación, una voluntad- y tirar de esa madeja sin necesidad de tener un plan trazado.
Que la virtud está en el término medio ya lo dijo hace siglos un tal Aristóteles, pero a veces necesitamos recordarlo con pequeños hechos cotidianos: en la rutina también hay belleza, y en la repetición, un inesperado refugio para el cerebro y para la vida. Aprender a disfrutar de ello quizá sea, en sí mismo, una forma de genialidad.
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