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Opinión | Retiro lo escrito

Padylla

Padylla, viñetista de El Día y La Provincia

Padylla, viñetista de El Día y La Provincia / La Provincia

Lo único que me parece mal del Premio Canarias de Comunicación que le han dado a Padylla es precisamente que se lo den a Padylla, es decir, a un señor que a partir de ahora tendrá rostro, estatura, mirada, jocico, ademanes concretos. Era mejor antes, cuando Padylla no era un señor, sino una inteligencia efervescente que no procedía de ningún sitio, salvo de la genialidad en la observación y la agudeza de la crítica. Padylla es un mundo autosuficiente que no necesita de ninguna injerencia externa, ni siquiera de un creador que siempre es o puede ser falible. En cambio su universo no lo es: funciona autónomamente con tal infabilidad que a veces, cuando estoy alongado en la tribuna de prensa del Parlamento, me escandaliza al observar o escuchar a un consejo del Gobierno o a un portavoz de la oposición: “Pero si eso es de Padylla”, me digo, estupefacto, casi irritado. No son los machangos de Padylla los que se parecen a nuestros políticos. Son nuestros políticos lo que, si tienen un buen día, se parecen a los machangos de Padylla.

A un columnista se le suele preguntar como se las arregla para escribir todos los días. Los columnistas tenemos una aliada a la vez generosa y canalla, que es la palabra. Un columnista, si le falta un párrafo, si no encuentra la médula de la expresión imprescindible, si agota su observación en una docena de líneas, tiene la palabra como piragua para acabar la travesía, como liana para seguir saltando sobre la selva cotidiana, como recurso para alargar una ocurrencia, un análisis, una intuición. El viñetista no. El viñetista trabaja con un guión y con una imagen, pero le está prohibido divagar para salvar el pescuezo del día. El viñetista no puede ser un parlanchín: no tiene oportunidad ni espacio para ello. El grado de concentración de su expresión gráfica y de su mensaje - que son una unidad o no son nada -- es inmanejable, es insuperable, a la vez realidad y comentario, un hecho deshecho, una supuesta obviedad y su desmontaje crítico (sarcástico, cruel o melancólico) que deja en ridículo la ambición de líderes y partidos.

Las viñetas de Padylla casi siempre levantan una sonrisa, pero no son un chiste, sino el fruto de una capacidad de observación crítica infrecuente en la prensa canaria. Cada uno de sus trabajos intenta y consigue desactivar la nefanda retórica de la política isleña: sus potajes de logomaquias, las mentiras con más patas que un ciempiés, las simulaciones, las fobias mutuas, las estupideces, las amnesias más cínicas, el más sórdido interés que se hace pasar por generosidad ideológica, la mezquindad. Hay algo pululante en el universo Padylla y son sus personajes políticos, los que llama irónicamente sus musos. Cada uno de los machangos que los representan -salvo si no es a la inversa - ha terminado siendo un acabado estudio de carácter: así hablan, así anuncian, así se relacionan., así fracasan, así destierran la verdad o deforman el compromiso público. Así son de pelmazos, de ridículos, de solitarios. No importa el machango de que se trate: con el paso de los años termina siendo invariablemente triste, gañán, solitario y final. Los machangos, a los que bastan tres o cuatro rasgos para conseguir una viva identidad, suelen ser o parecer pequeños en la página, inconsciente de su diminuta presencia, satisfechos de sí mismos y víctimas propiciatorias de los demás. A veces, muy contadas veces, Padylla siente cierta compasión por ellos. A mí, como al maestro, también me ocurre de tarde en tarde. Afortunadamente se nos pasa enseguida.

En ocasiones los políticos no aparecen. Aparecemos nosotros: lo de la hipoteca, la inflación, los sueldos, la inseguridad, los que le llamamos porvenir porque no llega nunca. Los que no aprendemos a vivir, ni a enriquecernos ni a votar. Y uno siente que el artista está con nosotros. Entre las cosas buenas que me ha dejado este estropeado oficio está compartir página diariamente con Padylla. Podría decirse - para rellenar, como cualquier columnista - que si Padylla no existiera habría que inventarlo. Pero es que él ya lo hace. Se inventa y nos inventa todos los días.

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