Opinión | Retiro lo escrito
Entre Trump y los jalabolas

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. / Alejandro Martínez Vélez - Europa Press
«Sánchez rompe el tablero con su no a la guerra», titula un feliz colega madrileño que siempre tiene claro a quien hay que jalar bola. No sé si ustedes conocen o recuerdan esa expresión venezolana. Un jalabolas es un tipo de lealtad perruna y mercenaria. Pedro Emilio Coll, gran periodista y admirable escritor venezolano, recuerda la raíz histórica de la expresión. En las cárceles venezolanas, en el siglo XIX, los prisioneros por condenas graves (asesinatos, violaciones, desfalcos) llevaban indefectiblemente una bola de hierro fundido de varios kilos atada a un tobillo. Era difícil y doloroso andar así. Pero por una cantidad módica uno podía encargar a otro preso que le llevara la bola, situándose a su lado. Ese era el jalabolas. Ahora abundan alrededor del Gobierno sanchista. Pero también existen jalabolas que se encargan de las bolas gratuitamente, por pura convicción.
Pedro Sánchez decidió que España no se involucraría “para nada” en la guerra abierta en Oriente Próximo con motivo del ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán. Sánchez no informó al partido, no se lo comunicó al Gobierno, no lo ha debatido en las Cortes. Este cesarismo –como en tantos otros detalles– sigue la estala de José Luis Rodríguez Zapatero, quien el 18 de abril de 2004, apenas 24 horas después de tomar posesión por primera vez como presidente, ordenó que todas las tropas españolas desplazadas a Irak regresan «cuanto antes a casa». Rodríguez Zapatero tampoco lo comunicó al Congreso de los Diputados con el pretexto de que se trataba de una promesa electoral. Tampoco lo hizo con los aliados de la OTAN: ni un telefonazo. Una nota: su antecesor, José María Aznar, sí compareció en la Cámara Baja para explicar y defender su decisión de incorporarse a la coalición que invadió Irak en 2003. Los diputados apoyaron la posición de Aznar y su Gobierno. Las tropas españolas no entraron en combate. Realizaron labores de apoyo logístico y, meses más tarde, contribuyeron mal que bien a la reconstrucción del país. Por cierto, la invasión y ocupación militar de Irak fue apoyada por una resolución contundente de la ONU. Esa resolución que ahora se exige para legitimar el bombardeo de Irán. Estoy completamente seguro que si esta guerra dispusiera de una cobertura legal por parte Naciones Unidas el rechazo progresista, indignado y patriótico sería el mismo. Y esto es clave. Da exactamente el contexto, la legitimidad internacional, los intereses a medio y largo plazo. Todo es irrelevante porque, compañeros y compañeras, ¿quién puede oponerse a la belleza enaltecedora de la paz? Hermosos sentimientos pisoteando con furia naif cualquier sentido de la responsabilidad.
Jalabolas. Sánchez se basta y se sobra para definir y sancionar unipersonalmente la política exterior. Actuó igual cuando cambió drásticamente, a través de una carta misérrima, la posición española frente al Sáhara Occidental. Ahora basta con una comparecencia sin periodistas ni preguntas para que en menos de diez minutos todo el escosistema psocialista (ministros, secretarios de Estado, diputados y senadores, alcaldes y concejales, presidentes de diputaciones, asesores y jefes de prensa y su patulea mediática) reprodujeran en sus redes sociales el lema «No a la guerra». Ese mismo día escuché a un diputado petimetre proclamar que basta con ser una persona decente para estar a favor de la paz, es decir, a favor de Pedro Sánchez. Si se manda un buque de guerra a Chipre, con una base británica atacada por drones iraníes, es por solidaridad por la cultura grecorromana, no por razones militares.
En cualquier manualito militar te enseñan que si defiendes –en virtud de una asociación de cualquier naturaleza– un territorio atacado, el atacante te considera automáticamente un agente beligerante o cobeligerante. El colmo de la estupidez es actuar como si el agresor que tratas de amedrantar con tu presencia militar te trate como un coleguita. Entre Trump y los jalabolas mañana puede amanecer el fin del mundo.
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