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Opinión | Retiro lo escrito

Fernando Ónega

Muere el periodista Fernando Ónega

Muere el periodista Fernando Ónega

Hace unos días falleció Fernando Ónega. Ocurrió lo esperable, desde luego: una alta y triste marejada de obituarios, pésames, nostalgias, lamentos, reconocimientos. Los repasé durante varios días con el espíritu (y el cuerpo) de un señor ya sexagenario, es decir, a punto de quedar atrapado en su propia memoria como un insecto en una gota de ámbar. Pero algo me asombró. Eran unas gentecillas muy sabias y muy críticas y muy, pero muy valientes, que recordaban que Ónega había empezado en la prensa falangista hasta llegar a subdirector de Arriba, y estando ahí, en noviembre de 1975, había ensalzado al Franquísimo en una necrológica recuadrada, algo pomposa. Conocedora de este formidable misterio que nadie conocía, la gentecilla te contaba que pocos meses después Ónega aceptó la oferta de Adolfo Suárez de asumir la dirección del gabinete de prensa, para escribirle los discursos a ese otro falangista durante varios años. Después «se había travestido como demócrata» y santificado la Transición de la que formaba parte. Para la gentucilla que menciono Ónega era un símbolo y un apologeta de la democracia gatopardesca de Juan Carlos I y Adolfo Suárez y se las arregló para «seguir mandando y enriqueciéndose con Franco y sin Franco».

No sé de dónde brotan tantos tarados. Los leo más de cerca y son licenciados, doctores y a veces profesores universitarios entre los veintimuchos y los cuarenta y pocos años. Tontorrones lo suficientemente ignorantes como para desconocer que un subdirector de Arriba no mandaba una mierda en 1975 ni tenía un sueldo astronómico. El valor político y convivencial de lo que se llamó la Transición consiste, precisamente, en que pudieran escribir en los periódicos los que le dedicaron ditirambos a Franco y los que le hubieran pegado un tiro. Por lo demás todo el mundo, mermados, debería jurar lealtad a la dictadura para conseguir el carnet de prensa y trabajar en los periódicos del Movimiento. El primer periódico en el que escribió Manuel Vázquez Montalbán fue El Español, editado por la Secretaría del Movimiento, un diario en el que alguna vez apareció un artículo de Franco y varios de Luis Carrero Blanco. Por cierto, Vázquez Montalbán y Ónega coincidieron como columnistas en la revista Interviú y eso es espléndido, una señal inequívoca que evidencia que, con todos sus errores, déficits y sombras miserables, el proceso de democratización español no fue ni una engañifa ni un fracaso. Es una pena que no hayan sido neutralizados civilmente millones de personas a finales de los setenta –fuera los fachas y los indiferentes de los periódicos y las radios, de los colegios y universidades, de los juzgados y los ejércitos, de la administración pública y de la diplomacia– para que esta gentucilla estuviera ideológicamente a gusto en el siglo XXI.

Esta basura se complementa, cansinamente, con el valor profesional del periodista fallecido. «No escribía brillantemente, no se metía con nadie, siempre usaba guante blanco, ni recuerdo haberle oído una crítica». ¿Qué le vas a responder a los que creen que el periodismo o es una labor de titanes suicidas o no es nada? «Hay periodistas que saltan en paracaídas sobre Laos, interrogan a medio millón de moribundos, están a punto de ser hechos prisioneros por el Gran Tamerlán, pero vuelven a tiempo para ganar el Pulitzer o una beca Juan March», como dice Vázquez Montalbán. Pero hay otros que «durante treinta años envejecen en su mesa, viven de bocadillos del bar de la esquina y cuando se jubilan les entregan una placa». Es un oficio complejo y lleno de aristas y trampas. No, Ónega no era un escritor brillante, pero detectaba automáticamente una noticia, y sabía que no estaba cualificado para los fuegos de la denuncia crítica. Porque lo suyo no fue nunca una crítica de denuncia, sino una crítica hermenéutica. Sobre todo Ónega fue un descubridor e instructor de talentos, un organizador de equipos, un arquitecto de estructuras profesionales. Sin periodistas como Fernando Ónega no habría otros periodistas. n

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