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Opinión | El recorte

Conciertos y carnaval

Marc Anthony durante su actuación en Santa Cruz de Tenerife en junio de 2024.

Marc Anthony durante su actuación en Santa Cruz de Tenerife en junio de 2024. / Andrés Gutiérrez

La democracia, dijo Borges, es un exceso de la estadística. Y en Carnavales todos los alcaldes se vuelven excesivos con las matemáticas y las aglomeraciones. Carolina Darias cerró los ojos y vio un delirio de setenta y cinco mil personas en la Plaza de Santa Catalina. Donde había uno vio siete y medio. La inflación de los disfraces.

En el concierto de Las Palmas la gente esperó pacientemente por Marc Anthony, un ídolo que ha vivido tiempos mejores. Sigue siendo un enorme profesional, pero la voz ya no le acompaña. Entre pisotones, uno terminaba pensando que quien debería cobrar el millón y pico de euros no eran los del escenario, sino los de abajo. Los que cantaban todas las canciones.

¿Por qué traemos a cantantes famosos para que actúen en una fiesta en la que ni siquiera participan? Todo empezó en el Pleistoceno. Cuando el Carnaval de Santa Cruz quiso adaptarse a los nuevos tiempos de la democracia y hacerse más famoso. En aquellos años se decidió traer periodistas de medios nacionales para que disfrutaran de las fiestas, como jurados o invitados. Y para complementar el despliegue de notoriedad, empezaron a llegar a las islas algunas estrellas internacionales del mundo del espectáculo y otros famosillos de menor relumbrón que ocupaban páginas de las revistas del corazón en nuestro país. Los escenarios se convirtieron en obras de ingeniería, los carteles de las fiestas se encargaban a famosos pintores y algunas calles y plazas se decoraron como el escenario de una película de romanos.

En términos generales el experimento dio resultado. Los Carnavales chicharreros se ganaron un pequeño espacio en la atención de los medios llamados nacionales, que realmente son los radicados en ese gigantesco ombligo llamado Madrid. Por los carteles de la fiesta pasaron nombres como César Manrique, Dokupil, Javier Mariscal, Cuixart o Pedro González, entre otros nombres inolvidables. Algunos pintores foráneos, incluso, anduvieron felizmente extraviados alguna noche de carnaval, perdidos por unas calles convertidas en mareas humanas.

Ya en aquel entonces se levantaron algunas voces que decían «¡cuidado!». Porque el carnaval no son, no eran, los escenarios. No era Celia Cruz gritando «¡Asssssúcar!». Ni los Billo’s haciendo botar a decenas de miles de felices mascaritas. La fiesta era la calle. Los vecinos de una capital más triste que un entierro de tercera, casi sin vida nocturna, que de repente, poseídos por Don Carnal, se ponían una peluca, dos globos y un traje de enfermera, y salían a darlo todo, a quedarse afónicos gritando y a reventarse el hígado con unos deleznables cubatas de garrafón. La calle podía con todo. Muchos irreverentes decidieron ponerse un mostacho y una parodia de uniforme con tricornio después de la intentona de golpe de 1981, para gritar «todo el mundo al suelo» por cualquier esquina del gran meódromo capitalino.

¿Qué proyección exterior aporta que vengan estrellas internacionales de la música que ni se disfrazan, ni salen a la fiesta, ni se enteran de qué va la película? No lo sé. Igual es que todo, inevitablemente, cambia. Yo habría preferido a Quevedo. El que sí estuvo con el vaso de cerveza en la mano, bailando en la cabalgata de su pueblo.

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