Opinión | El recorte
Un secreto a voces
Aquella noche del 23F, cuando el Rey Juan Carlos I, vestido de capitán general de todos los ejércitos, apareció en la misma televisión en la Adolfo Suárez se había inmolado, todos contuvimos la respiración

INTENTO DE GOLPE DE ESTADO: Madrid, 23-2-1981.- S.M. el Rey don Juan Carlos durante la emisión de su mensaje a la nación, difundido esta noche por radio y televisión, en el que ordena el mantenimiento del orden constitucional tras el asalto del coronel Tejero al Congreso de los Diputados durante la sesión de investidura de Leopoldo Calvo Sotelo. "La corona no puede tolerar acciones o actitudes de personas que pretendan interrumpir por la fuerza el proceso democrático". EFE (IMAGEN TVE). PUBLICADA SUPLEMENTO ABDICACION REY 03/06/2014 P 9PUBLICADA SUPLEMENTO 35 ANIVERSARIO 27/10/2013 P 248 / EFE
La vejez consiste en que cuando alguien habla de algo que forma parte de la historia esté hablando de algo que forma parte de de tus recuerdos. La publicación de los documentos ‘secretos’ del intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 no ha desvelado nada. Porque casi todo ya estaba contado. Jamás se ha vivido, ni antes ni después, una sociedad más libre que la de aquellos años, ni un mejor periodismo. Es difícil, para quien no lo vivió, hacerse una idea de la tensión que se sentía en los cuarteles en aquellos años. El ejército español aún no se había renovado, porque eso fue algo impagable que hizo más tarde el gobierno de Felipe González. Y cada semana, cuando se celebraba el entierro de algunos militares o guardias civiles asesinados por ETA, se podía masticar la indignación de los mandos ante las autoridades civiles que acudían, para aguantar, a pie firme, que les cayeran los chuzos de punta. El terrorismo vasco seguía matando en democracia. Y lo hacía a sabiendas de que podían provocar una involución de las libertades y una ruptura del proceso de libertades del que disfrutábamos en España. Acaso era lo que querían.
Por esos años hubo noticias de intentonas golpistas, como aquella primera Operación Galaxia. Se habló de un cruento plan de sublevación de los coroneles. Y de algún capitán general que estaba esperando para sacar los tanques a la calle a las primeras de cambio. Hubo hasta delirantes reuniones de políticos, de todos los partidos, para discutir la posibilidad de formar un gobierno de concentración o de «salvación nacional», dándole la presidencia a militar, para salvar la democracia. La declinante estrella de Adolfo Suárez, amenazado físicamente por los militares y discutido por los suyos, terminó en una comparecencia en televisión en la que anunció a todos los españoles que presentaba su dimisión por el bien de España. Tal vez intentando evitar lo que de todas formas se produjo.
Como hay mucho idiota suelto conviene recordar unas palabras del propio Felipe González en una ocasión en que habló de esa época turbulenta. Afirmó que el papel del rey Juan Carlos eI ante el golpe de Estado fue «determinante». El rey que defendió la democracia fue el mismo que, teniendo poderes absolutos como heredero del franquismo, los había cedido voluntariamente para hacer una Constitución que le convertía en un jefe de Estado limitado a la representación institucional . «Lo lógico –dijo González en su intervención– es hacer justicia a los comportamientos de los seres humanos. Incluso cuando son reyes».
España, desgraciadamente, no tiene ni memoria ni remedio. La democracia, que trajo la transición, con el paso de los años, se presenta sin rubor como una inevitable ‘conquista’ que lograron los demócratas. Por supuesto, de izquierdas. Cientos de miles de antifranquistas que durante los años de la dictadura jamás asomaron el hocico. A otro perro con ese hueso. Quienes vivimos el cambio sabemos muy bien lo que pasó. Vimos el milagro que hicieron los hijos y nietos de los vencedores y los vencidos. Y no fue amnesia, fue reconciliación. Aceptación de errores mutuos. Perdón como fórmula para superar un pasado aciago y cainita en el que nadie tenía razón y que desembocó en un baño de sangre. La Segunda República fue un bello desastre. Y el alzamiento militar un baño de sangre y cuarenta años de miedo.
Aquella noche del 23F, cuando el Rey Juan Carlos I, vestido de capitán general de todos los ejércitos, apareció en la misma televisión en la Adolfo Suárez se había inmolado, todos contuvimos la respiración. En las redacciones de los periódicos donde habíamos visto, con la boca seca, la profanación de un Parlamento por guardias civiles armados. En las calles de Valencia, donde paseaban los tanques. En las sedes de los partidos democráticos donde se habían apilado las fichas de los militantes al lado de una botella de gasolina y una caja de fósforos. Y cuando escuchamos al Rey de España ordenarle a los capitanes generales actuar en defensa de la Constitución y la democracia, se escuchó un largo suspiro colectivo.
Les digan lo que les digan, nuestra libertad empezó con el Rey, heredero designado del dictador. Y se salvó con el Rey, que metió a las cabras –y a los cabrones– en el corral. Por eso muchos republicanos nos convertimos en simpatizantes de la Monarquía española. Lo que ha pasado después es otra historia distinta. Una que demuestra que ninguna buena acción queda sin castigo.
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