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Opinión | La Calle Nueva

El Rey anterior

Demasiado pronto quiso Feijóo (el que ha tenido la ocurrencia) hacerle un favor a Don Juan Carlos de Borbón porque los que ahora son verdaderos reyes no parecen propicios a hacer concesiones a quien no las merece

El Rey Juan Carlos durante su última visita en Sanxenxo

El Rey Juan Carlos durante su última visita en Sanxenxo / EUROPA PRESS

Conocí al rey anterior, Juan Carlos de Borbón, en Tenerife, cerca del Sauzal, cuando él todavía era un muchacho casado que le tenía miedo a Franco. Era alto y mirón, se reía como si se le hubiera atravesado una carcajada, que en su caso siempre fue parecida, acompañada por una manía que le dura hasta hoy: aplastar de abrazos al recién llegado. La suya era una risa que, poco a poco, se le ha convertido en duelo o rabia, porque ya no es tan querido ni ya él quiere tanto.

De modo que a Juan Carlos todos los que lo saludaron entonces terminaban creyendo que el futuro rey ya era amigo de cada uno de ellos. Y no era rey aun, claro, pues no se había muerto aquel hombre, aunque ya se sabía que pronto se iba a producir tal acontecimiento, y a Juan Carlos lo esperaba la tarea de sucederlo.

Estaba, pues, como un rey en el aire, pero ni él ni su mujer, Doña Sofía, podían salirse del protocolo de mando en el que se mantenía, como un ser áulico, Francisco Franco, ese hombre, que por cierto había mandado mucho entre nosotros, y mandó más en cuanto dejó nuestra tierra para ser el dictador que ya lleva llevaba dentro.

Doña Sofía, por cierto, estaba detrás de la comitiva, como si tuviera miedo. Me fijé mucho en ella, por indicaciones de mi director, porque él decía que ella era la mejor de todos. A mi me sorprendieron sus piernas, tan robustas, tan bien puestas, y de eso me acuerdo siempre, como si las estuviera viendo hoy…

Era la dictadura, amigos, de modo que el príncipe formaba parte de lo que luego tuvo que desmontar. La dictadura no se llamaba así, ni de ningún modo, pero era la dictadura. Entre quienes fueron a recibir a Juan Carlos había policías, secretos y de los otros, y algunos de ellos eran compañeros nuestros en la Universidad. Simulaban estar estudiando cuando en realidad eran parte de los que denunciaban a los estudiantes díscolos.

Alguna vez he contado aquí cómo se producía esa persecución, y a quienes afectó, pero lo cierto es que entonces no se decía quiénes iban a la cárcel y quienes eran los delatores. Era, amigos, la dictadura. Una vez llamé por teléfono al gobernador civil para que liberara a un compañero. Yo estaba borracho, me parece, y el gobernador no me hizo caso…

A Juan Carlos lo fueron a encontrar las autoridades competentes de la época, todos ellos bastante propensos al alago, tanto que ante él hacían de la espalda una reverencia. Entonces don Juan Carlos parecía un chico aburrido que daba la mano como quien la estira al vacío.

Yo era periodista de EL DÍA, a las órdenes de un director extraordinario, Ernesto Salcedo. Era un hombre singular. Había sido más o menos sacerdote, pero cuando llegó a la vida laica no había Dios que le chistara. En el tiempo en que empecé a trabajar con él Salcedo era callado ante la Redacción, cuando la pisaba. Pero en los adentros te contaba historias que parecían de fantasía, porque él conocía a medio mundo.

Se hizo muchos amigos en Tenerife, era de tertulias y de dimes y diretes, pero en su despacho y ante nosotros era adusto como un sacerdote veterano o como un profesor. Guardaba muchos papeles, y alguna vez me pidió que yo los custodiara, y por eso yo tuve por algún tiempo el privilegio de escribir en su propio escritorio. Cosas suyas.

Salcedo venía por las tardes al periódico, se disponía a dar órdenes, y de vez en cuando me decía que escribiera editoriales. Le preguntaba de qué extensión, y entonces el decía: «De arriba pabajo». Que quería decir que escribiera lo que me diera la gana.

Así que era mi director muy admirado, pero también muy exigente, hasta que se daba cuenta de que se podía fiar de mi. Jamás escribí un editorial que él repudiara. La dictadura reclamaba obediencia, sólo se podía criticar lo que no le doliera al dictador… Una vez escribí, bajo las instrucciones de Salcedo, un editorial de despedida a un gobernador civil que luego sería parte de los que tuvieron que tirarse al suelo en el 23F. Aquel hombre le agradeció en público al director la esencia de aquella despedida. Entonces don Ernesto, así lo llamaba yo, me buscó con la mirada y me guiñó el ojo. Él no se creía la parafernalia, pero el periódico que dirigía había tenido en su portada el yugo y las flechas, y la verdad era que el pasado imponía.

Recuerdo ahora todo aquello porque en esa visita a la isla del que luego sería Rey don Ernesto Salcedo nos dio, al fotógrafo y a mi, algunas instrucciones que luego he sentido que eran mucho más que periodismo. El fotógrafo era Jorge Perdomo, que sabía más que todos nosotros porque conocía la vida de la noche y del día y siempre estaba buscando historias que parecían de su imaginación pero que luego eran de verdad.

Lo que nos dijo don Ernesto era que nos fijáramos en la gente, en los príncipes, pero también en los que estuvieran con ellos. Entre esos visitantes estaba, por ejemplo, Adolfo Suárez, que luego sería, en los albores de la democracia, presidente del Gobierno… Una característica de aquel hombre, que era en ese tiempo un alto cargo de la única televisión, era su carácter de inspector. Todo lo miraba, lo preguntaba todo, y se interesaba más por la gente que por los futuros reyes.

Salcedo nos aconsejó que siguiéramos a Suárez, porque consideraba que nos daría noticias. Qué va. No daba noticias: tan solo hablaba. En aquel tiempo las noticias eran cuchicheos, nadie debía decir más que lo que estaba legislado. De modo que Jorge y yo nos pasamos los dos días de aquel viaje semirreal haciendo crónica de la nada con algunas incursiones en el cotilleo.

De todo aquel episodio que ahí queda, como el recuerdo de una visita de los futuros reyes y del periódico que nos mandó a seguir, se habla aquí ahora porque el que luego fue rey, de la Transición en adelante, ha entrado ahora muy potente en las noticias. Resulta que, de acuerdo con las últimas informaciones propiciadas por el líder de la oposición, ya puede regresar a España y ser aquí, otra vez, espléndido y querido. Como si fuera tan fácil.

La Casa Real ha dicho que se requieren algunos trámites, que tienen el aire de ser difíciles de cumplir por parte del emérito. Demasiado pronto quiso Feijóo (el que ha tenido la ocurrencia) hacerle un favor a Don Juan Carlos de Borbón porque los que ahora son verdaderos reyes no parecen propicios a hacer concesiones a quien no las merece. Estemos al tanto, en todo caso. El Rey anterior parece que ya no es Rey ni es nada.

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