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Opinión | Claroscuro

Saray Encinoso

El auge de la mediocridad

Periodistas.

Periodistas. / SHUTTERSTOCK

No sé cuántos periodistas que conozco han dado el salto a la enseñanza. Tampoco cuántos han decidido probar suerte en la Administración. Pero sí sé -y no me hace falta ninguna estadística oficial para comprobarlo- que en los últimos años ha habido un trasvase continuo de profesionales que han cambiado las redacciones por los institutos o los edificios a los que antes acudían a cubrir ruedas de prensa.

Este cambio de rumbo podría ser una anécdota más en un oficio acostumbrado a vivir en una crisis permanente. Pero no lo es, porque lo que está pasando desborda el periodismo y afecta a sectores muy distintos. Si dibujáramos el perfil del opositor actual veríamos que algo ha cambiado: la edad -cada vez más aspirantes primerizos superan los cuarenta o los cincuenta- y, sobre todo, sus motivaciones. No modifican su rumbo porque hayan tenido un arrebato de servicio público, lo hacen buscando protección frente a la intemperie.

Durante toda mi vida laboral, desertar de esta forma habría sido sinónimo de fracasar, una forma de admitir la derrota. Implicaba abandonar tus sueños, tu vocación, renunciar al futuro que, con ayuda de tus padres, habías imaginado.

Sin embargo, cuando el tiempo pasa y todos acabamos planteándonos en algún momento una salida así, empezamos a intuir que a lo mejor el problema no está en nosotros, el problema está en el modelo productivo que hemos ido construyendo. La primera vez que me presenté a unas oposiciones lo hice porque me inscribieron y casi me llevaron de la mano. No había tocado unos apuntes. No pensaba que eso fuera para mí, aunque ya empezaba a sospechar que, en la vida, siempre que se pueda, hay que tener un plan b. Casi saco un cinco y pensé: ¿y por qué no?

Han pasado algunos años y todavía no me he presentado de verdad a unas oposiciones. No sé si aún no he superado esa frontera, si me da vértigo renunciar a una parte tan importante de mi identidad -mis estudios, mi trabajo, lo que se supone que sé hacer-, si me asusta la idea de ejercer durante décadas un trabajo que no me guste o si todo es más sencillo y temo no ser capaz de superar los exámenes. No he pensado lo suficiente en todo ello porque eso implicaría tomar decisiones y aguantar las consecuencias. Pero en lo que sí he pensado alguna vez es que un sistema que no premia el talento sino la resistencia no nos convierte necesariamente a los que seguimos en mejores profesionales, pero probablemente sí en personas más ingenuas.

En cualquier caso, a estas alturas, de lo que ya no hay duda es de que mucha gente ha dejado de ver al funcionario como un personaje gris y ahora lo percibe como sinónimo de estabilidad, salud mental y control del tiempo.

Quienes han dado el salto -al menos los que yo conozco- no parecen arrepentidos. No hablan de épica ni de sacrificio, sino de horarios, de fines de semana completos y de una vida menos pendiente del móvil. No sé si son más felices que antes. Sé que duermen mejor.

Quizá lo verdaderamente mediocre no sea reinventarse. Quizá lo mediocre sea un modelo que no retiene el talento y que convierte la fuga en una decisión sensata y frecuente. De esa otra huida -la silenciosa, la que no genera titulares- hablamos mucho menos. Y el auge de esa mediocridad quizás sí debería preocuparnos.

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