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Opinión | El recorte

El plan B

El presidente Fernando Clavijo interviene en el Parlamento desde la tribuna del Parlamento.

El presidente Fernando Clavijo interviene en el Parlamento desde la tribuna del Parlamento. / Arturo Jiménez

Las farmacias cercanas al Parlamento de Canarias agotaron esta semana los bálsamos y cremas contra las ronchas. La sufrida muchachada de Nueva Canarias votó con Vox en contra del Decreto Canarias y las erupciones cutáneas no se hicieron esperar. ¡Lo que hay que hacer a veces en la vida para mantener la coherencia de la incoherencia!, como diría Groucho Marx.

Los socialistas canarios, en cambio, sufrieron un último secuestro de lucidez. Han luchado como jabatos peleándose para defender a sus jefes de Madrid. Lo hicieron con la migración. Con los menores hacinados en Canarias. Con la financiación autonómica. Con la quita de la deuda. Y con el Decreto Canarias. Nadie podrá negar que se han partido la cara; que se han quemado actuando frente a los intereses de Canarias desde la peculiar condición de ser canarios. Pero verse votando con Vox contra las peticiones de las islas habría sido demasiado incluso para su obediencia jesuítica. O pedrítica. Así que decidieron refugiarse en una discreta atención para no tener que salir en la oprobiosa foto con la ultraderecha.

El Decreto Canarias del que tanto se habla es como una versión evolucionada de la Agenda Canaria. O sea, más peticiones, mejor estructuradas, de financiación adecuada a los problemas de las islas. Es bastante probable que cuando llegue a Madrid nos manden a freír puñetas, porque no tenemos el poder de los catalanes o los vascos. Pero lo incomprensible es que fuerzas políticas en las Islas hayan anticipado la negativa, actuando en un papel que no les corresponde. Como si un par de sindicatos, en una negociación con la patronal, se opusieran a las peticiones de los otros sindicatos porque las consideraran desmedidas y faltas de rigor. Los llamarían, con razón, esquiroles.

El ya famoso decreto no es más que una refinada evolución de nuestra especialización macaronésica. El principal know-how de Canarias, además de la venta de servicios turísticos, es la industria extractiva de fondos públicos del resto del Estado y de Europa. Puestos a ordeñar, somos plusmarquistas mundiales. Los discursos sobre exclusión social y pobreza en las islas son como música celestial para quienes van a Madrid para tirar sobre la mesa que nuestro PIB per cápita se distancia de los del resto de los ciudadanos europeos. ¡Mira la brecha y suelta pasta! Podríamos dar un máster de victimización entre carnaval y carnaval, lamentándonos de nuestra miseria estructural, mientras pagamos un par de millones a un cantante de fama mundial para que amenice nuestros lunes al sol.

La autonomía es lo contrario de la dependencia. Para ser autónomos es menester no depender de nadie, en términos de supervivencia. Pero después de cuatro décadas de autogobierno seguimos colgados de la brocha. Que cada año vengan siete mil millones del Estado en diferentes formas de financiación no está escrito en piedra. Es más; resulta dudoso que ese volumen se pueda mantener en el futuro. Así que además de pelearnos por el dichoso Decreto, que es más de lo mismo, deberíamos tener un Plan B denominado: ¿y cómo podríamos vivir de nuestra propia riqueza? Sea cual sea la respuesta, será peor. Pero no es más triste la verdad, lo que no tiene es remedio.

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