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Opinión | Asuntos insulares

Omar Batista Martín

Los partidos insulares y el valor democrático de lo local

Pleno del Parlamento de Canarias, este miércoles

Pleno del Parlamento de Canarias, este miércoles / María Pisaca

Los territorios insulares han desarrollado dinámicas políticas propias que desbordan los marcos clásicos del nacionalismo continental y de los partidos estatales. Estas dinámicas no son simples expresiones identitarias ni anomalías periféricas, sino respuestas políticas específicas a condiciones materiales muy concretas: finitud territorial, interdependencia social intensa y una vulnerabilidad estructural permanente que tiene como única solución práctica una integración virtuosa en los espacios políticos de soberanía compartida con lo continental. Sin duda es la tensión política más importante de un sistema político insular: la relación con el continente, sus economías y sus identidades. La emergencia y hegemonía de partidos insulares en lugares como Menorca, Malta, Sicilia, Tenerife, El Hierro o Madeira revela la existencia de modelos políticos diferenciados, con un valor democrático singular como formas alternativas de representación del pueblo.

La insularidad actúa como una estructura política en sí misma. El territorio limitado y claramente delimitado reduce la abstracción del poder: las decisiones públicas tienen efectos visibles y rápidos sobre el suelo, el agua, la movilidad o el modelo económico. A ello se suma una cercanía social extrema entre representantes y representados, que favorece una cultura política más relacional que ideológica. En este contexto, la política insular tiende a organizarse menos en torno a grandes relatos nacionales y más alrededor de la gestión concreta del equilibrio comunitario.

En Menorca, este patrón se ha expresado a través de formaciones como el Partit Socialista de Menorca (PSM) y, posteriormente, Més per Menorca, que han articulado un ecosoberanismo pragmático centrado en la defensa del territorio, el modelo productivo y la capacidad de decisión frente al centralismo mallorquín y estatal. Junto a ellas, El Pi - Proposta per les Illes ha representado un regionalismo moderado. Los partidos estatales han mantenido presencia, pero siempre obligados a adaptar su agenda a una lógica claramente menorquina.

El caso de Tenerife es paradigmático para entender la genealogía del insularismo contemporáneo. La Agrupación Tinerfeña de Independientes (ATI) fue el núcleo originario del insularismo de poder, articulado alrededor del Cabildo y de la gestión territorial. Desde ATI se construyó posteriormente Coalición Canaria (CC), concebida no como un partido nacionalista clásico, sino como una federación de fuerzas insularistas. Frente a este insularismo institucional, Alternativa Sí se Puede por Tenerife ha representado un localismo de izquierdas, ecologista y municipalista, centrado en la participación ciudadana y los límites al crecimiento. Ambos modelos muestran cómo la insularidad puede generar tanto partidos de gestión hegemónica como alternativas democráticas desde abajo.

En El Hierro, la Agrupación Herreña Independiente (AHI) encarna la forma más pura del insularismo político: proximidad extrema, fuerte arraigo social y centralidad del Cabildo como institución clave. La política herreña se define más por la resolución colectiva de problemas que por alineamientos ideológicos clásicos, lo que ha permitido experiencias innovadoras nacidas de la necesidad territorial.

Madeira ha desarrollado un autonomismo estable bajo el liderazgo histórico del Partido Social Democrata da Madeira (PSD-M), una estructura con amplia autonomía respecto al PSD portugués. Este modelo, legitimado por resultados tangibles, ha sido contestado principalmente por el Partido Socialista de Madeira (PS-M), siempre dentro de un consenso transversal sobre la singularidad insular y la necesidad de autogobierno.

En Malta, la insularidad total se expresa a través de un bipartidismo fuerte entre el Partit Laburista y el Partit Nazzjonalista. Aunque alineados formalmente con grandes familias ideológicas europeas, ambos operan con una lógica profundamente territorializada, donde la política gira en torno a redes locales, gestión del espacio limitado y una participación comunitaria intensa, con sus virtudes democráticas y sus riesgos clientelares.

Finalmente, Sicilia ofrece un ejemplo complejo pero ilustrativo. El autonomismo siciliano se ha canalizado históricamente a través de fuerzas propias y coaliciones híbridas. En los últimos años, el liderazgo de Diventerà Bellissima, la plataforma personalista de Nello Musumeci, mostró cómo el insularismo podía articularse en alianza con la derecha nacional italiana, incluyendo a Fratelli d’Italia, el partido de Giorgia Meloni. Incluso así, el gobierno siciliano sigue condicionado por el Estatuto Especial y por una lógica defensiva frente a la extracción política y económica desde el continente.

Hay ya muchos ejemplos de cómo las organizaciones con vocación insular logran hacer fracasar a las organizaciones más centristas en el panorama estatal de referencia. Valga el ejemplo de cómo los cargos de Ciudadanos se han dividido en Gran Canaria entre partidos locales, o cómo la ATI fue inspiradora de nuevos movimientos enfocados en un entendimiento puramente insular de lo político, logrando que los temas ajenos a la realidad insular dejen de tener valor político, y marcando como base del entendimiento del sistema político con premisas exclusivamente presentes en la realidad insular.

Estos casos explican por qué los partidos estatales tienden a transformarse para no fracasar en contextos insulares. Sus marcos abstractos chocan con una política basada en problemas concretos y consecuencias inmediatas. Sumar, Ciudadanos o el Partido Popular son buenos ejemplos. El valor democrático de los modelos insulares reside precisamente en esa concreción: representación cercana, control social efectivo del poder y una memoria política viva. Con sus límites y riesgos, la política insular no es una excepción democrática, sino una de sus expresiones más materiales y reconocibles, y es que en la isla todo es evidente, y nada se puede sostener fuera de lo real y palpable.

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