Opinión | Retiro lo escrito
El 23F

Antonio Tejero, pistola en mano en el Congreso durante el 23F.
Antonio Tejero Molina se preciaba de llegar puntual. Lo hizo la tarde del 23 de febrero de 1981 cuando al frente de varias docenas de guardias civiles entró al Congreso de los Diputados. Y lo hace al morirse, ya nonagenario, el mismo día que el Gobierno desclasifica la información que aun quedaba legalmente protegida sobre el golpe de Estado. El cúmulo de sandeces sobre la asonada ha crecido fenomenalmente en estos últimos cuarenta y cinco años. Acabo de leer como novedad una de las tonterías repetidas una y otra vez: «al fin y al cabo el golpe triunfó porque consiguió lo que deseaban los conspiradores: la retirada de Adolfo Suárez». El presidente Suárez ya había dimitido y precisamente por eso se celebraba, cuando irrumpió Tejero en el salón de plenos, la votación para investir a su sucesor, Leopoldo Calvo Sotelo, un señor que siempre me cayó bien porque es el único presidente español que sabía escribir. Sus memorias políticas son una delicia. Y muy recomendables para entender lo que era la UCD, una organización política montada desde y para el poder que jamás funcionó propiamente como un partido. Aprobada la Constitución, Suárez ya no tenía programa y sus propios conmilitones -los cabecillas de las tribus ucedeas- decidieron acabar con él. Toda las presiones que tensionaban la nueva democracia parlamentaria se fusionaron en un relámpago sobre Suárez -militares, ultraderechistas, obispos, cierta izquierda- que no contaba con mayoría parlamentaria y no sabía cómo recomponerla. Así que se largó. Muchos me dijeron que desde antes de las navidades de 1980 Madrid olía igual que la matanza del cerdo, un hedor en ciernes de orines y sangre. Varias tramas golpistas se engolosinaban soñando un golpe de Estado, a veces mayéutico, a veces criminal. Entre los asesinatos cotidianos de ETA y una crisis económica galopante Juan Carlos I coqueteó (bastante frívolamente) con el malestar de los militares y no fue el único: también lo hicieron hombres de AP y del PSOE. Pero ni el rey, ni Alianza Popular, ni el PSOE, ni la cúpula empresarial ni financiera estuvieron en el auspicio, la organización o el impulso del golpe de Estado. Hasta el difundo Gregorio Morán admitía que el monarca decidió desde un primer momento abortar el golpe de Estado.
Siempre me ha dejado perplejo que ningún periodista investigara el desarrollo del golpe en Canarias. Jamás. Pueden buscarse explicaciones: los periodistas entonces en activo eran muy jóvenes y sin mando en plaza o muy viejos y sin ganas de meterse en follones. Recuerdo que en los años noventa me planteé hacer algo pero no fue muy lejos. Nadie quería hablar. Después de varios intentos conseguí ponerme en contacto con Jesús Rebollo. El señor Rebollo era el gobernador civil de la provincia de Santa Cruz de Tenerife en febrero de 1981. Como es obvio ni quería ni podía parecer un caballero progresista. Aunque defensor del orden siempre mantuvo un trato cordial con la sociedad tinerfeña, nada que ver con los poncios de la dictadura, pero sin entusiasmos democráticos. De hecho Rebollo, a principios de 1980, interpuso un recurso suspendiendo «provisionalmente» el acuerdo del ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma de colocar en su fachada principal la bandera canaria junto a la bandera española. Fue desestimado por la Audiencia por presentarse «fuera de plazo». En la primera entrevista, más bien breve, Rebollo, muy amablemente, aceptó a hablar. La segunda, más breve aún, terminó abruptamente. Yo había constatado varias cosas. Cómo militantes del PSOE y del PCE, de UGT y de CCOO, habían ocultado documentación fuera de las ciudades y los pueblos. Cómo alguien había proporcionado varias escopetas y algunas pistolas a pibitos (y no tan pibitos) de Fuerza Nueva, junto al cine Baudet. Se lo comenté a Rebollo. Se mostró incómodo. Y entonces le pregunté si en algún momento de la noche había podido hablar con el capitán general de Canarias, González del Yerro. Tosió. Arrugó el ceño. Dijo:
-Ni medio minuto. Habló con el rey. Pero no con el gobernador civil. Ni con nadie más.
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