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Opinión | RETIRO LO ESCRITO

Honor y gloria de Morán

El periodista Gregorio Morán, conocido por su independencia, exploró la historia de la prensa y la cultura desde el franquismo, escribiendo en medios de distintas ideologías según el contexto

Gregorio Morán, escritor y periodista.

Gregorio Morán, escritor y periodista. / David Cabo / LNE

Alguien ha señalado en la muerte de Gregorio Morán que, curiosamente, terminó escribiendo en diarios y revistas de derechas. Yo creo que se equivocan en parte. Durante más de la mitad de su vida Morán escribió en publicaciones de derecha, a veces más y a veces menos civilizadas: fue en La Vanguardia un periódico, por cierto, admirable– donde colaboró más prolongadamente con la serie Sabatinas intempestivas. Últimamente escribía en Vox Populi. ¿Cómo el periodista español más independiente del último medio siglo no escribía en periódicos o web progres? Yo creo que la respuesta lo retrata profesionalmente y ayuda a entender los meandros de la industria de la información y la cultura en España.

La médula de la labor intelectual de Morán en libros y periódicos fue la construcción de una arqueología de la prensa y la cultura institucionalizada desde el primer franquismo hasta los finales del felipismo. En esa sociología crítica del poder cultural –cuyos dos grandes exponentes son El maestro en el erial y El cura y los mandarines– se denunciaban los orígenes políticos, mercantiles e ideológicos de proyectos culturales, intelectuales y artistas de la izquierda en los vientres de la dictadura, con todo su negro caudal de mediocridad, oportunismo, ambición mezquina y lepra moral. Y con nombres y apellidos, por supuesto. Morán escribía críticamente, dibujaba con chorretes de sosa caústica toda la infinita miseria del franquismo y su crueldad incansable, pero no soportaba a los progres, incluidos, por supuesto, socialdemócratas y comunistas. ¿A quién iba a incluir si no? Peor todavía: no quería esperar. No esperaría, por supuesto, a que ningún puñetero gobierno levantara informes confidenciales. Como todo cronista tenía prisa por escribir la historia y su espléndido atrevimiento desde su primera juventud dejaba anonadadas a gentes que creían indispensable media eternidad para contar las cosas, gente que sostiene que ahora mismo lo que se puede contar, con mucho cuidado y grave ecuanimidad, es, por ejemplo, el asesinato de don Eduardo Dato. Morán no. Morán escribe la primera biografía de Adolfo Suárez con el personaje todavía al frente del Gobierno, en su mayor momento de esplendor y gloria, rodeado de un ejército de eternos lameculos, justo antes de su vertiginosa caída, y y recuerda lo que se había olvidado en tres años, que Suárez era el ministro secretario general del Movimiento, un arribista magistral, el hijo de pobretones provincianos al que jamás le interesó demasiado la política: lo que le interesaba era el poder. Es insuperable en su fuerza expresiva la estampa del sistema político franquista. Suárez, simpático y obsequioso día y noche, consigue llegar a Madrid como un jornalero de sí mismo que ordeña al amanecer sus sonrisas y sus corbatas, atraviesa los despachos enmoquetados y las salas con lámparas de araña y llega a la viscosa cucaña del centro del poder de la dictadura y comienza a subir con toda su astucia y su fuerza. Las presiones sobre el escritor y la editorial duraron meses. Si al final Planeta lo editó es porque José Manuel Lara sabía que se vendería muy bien. Y así ocurrió. Es curioso pero más adelante, con El cura y los mandarines, ya en plena democracia, ya no pasó lo mismo. Le dijeron que se lo publicaban si suprimía once páginas. Morán los mandó al infierno y al final lo publicó Akal.

Existen escritores y periodistas felices que siempre publicaron en el mismo periódico. Son como aquellos afortunados que se casan, comen perdices, viven en la comodidad de afectos ininterrumpidos, mueren rodeados de hijos, nietos y bisnietos. Gregorio Morán no fue así. Cumplió el viejo axioma del oficio: publica lo que debas publicar donde puedas hacerlo. Siempre chirrían –en el mejor de los casos– las relaciones entre el deber y la posibilidad. En su caso supo hacerlo bien –aunque a un precio altísimo– y las inconsecuencias casi no se notan. Honor y gloria al viejo periodista: el honor de respetar la ética de la palabra y su real gana de escribir, la gloria de ser leído en un futuro que acaba de empezar.

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