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Opinión | RETIRO LO ESCRITO

Proteger los carnavales

El PP propone declarar Bien de Interés Cultural los carnavales canarios, una iniciativa que suscita interrogantes sobre qué aspectos específicos se buscan proteger y ante qué amenazas concretas

Baile en el primer Carnaval de Día, en la plaza de la Candelaria.

Baile en el primer Carnaval de Día, en la plaza de la Candelaria. / María Pisaca

El PP llevará al pleno parlamentario de hoy una proposición no de ley para declarar lo tres principales carnavales canarios Bien de Interés Cultural. Proclaman que los carnavales deben protegerse. Sinceramente, no sé bien lo que se quiere proteger y, sobre todo, ante qué instancia tremebunda. ¿Hay que proteger las carrozas? ¿El pantone de los trajes de payaso? ¿Están amenazadas las letras de las murgas o más bien las murgas cantan unas letras que amenazan a cualquiera hasta provocar su huida? ¿O hay que establecer legalmente la duración del coso o comprobar la salud mental del director de la Gala para no padecer un horror estremecedor como el que anegó el escenario este año? ¿O quizás no incluir en el repertorio de las rondallas ninguna composición cronológicamente posterior a Soldado de Nápoles? ¿Impedir que las comparsas bailen hacia atrás y lleguen así (Dios nos asista) hasta los Campitos? ¿Establecer que no puede desarrollarse el carnaval de día si Pepe Benavente no canta Cocha Pechocha? El carnaval es un patrimonio cultural vivo, dinámico y cambiante donde mueren soportes, recursos, oportunidades y ocurrencias para ser sustituidos por otros. ¿Cuándo se debe hacer la foto para patrimonializarlo oficialmente?

Simplemente no lo entiendo. Habría que consultar a Humberto Gonar, el mayor y mejor carnestolendólogo de Canarias, para el que, al mismo tiempo, la vida y el carnaval son felizmente lo mismo y desgraciadamente no lo son. Gonar lo sabe todo del Carnaval, incluso lo que el Carnaval no sabe de sí mismo. El alcalde de Santa Cruz de Tenerife ha llegado a decir que los carnavales están en peligro. Semejante desmesura resulta incomprensible, a menos que el mismo alcalde se esté proponiendo, modestamente, como salvador de las fiestas. Uno intuye que el mayor peligro para el carnaval y su vitalidad social y cultural no se ubica en otro sitio que en las administraciones públicas. El mayor peligro para el Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria son las alcaldesas que contratan estrellas por cerca de un millón y medio de euros por un concierto de dos horas. Otro peligro quizás mayor consiste en contratar la dirección artística de las fiestas en la capital grancanaria a un mismo sujeto (a una misma sociedad mercantil) que cobró en 2024 unos 63.000 euros, en 2025 más de 429.000 euros y en este año nada menos que 506.228 euros. Lo más asombroso no es que se haya adjudicado por un procedimiento negociado sin publicidad –aunque no está mal el repeluz que proporciona la noticia– sino que el contrato fue fechado y publicado el pasado 18 de febrero.

Sería interesante conocer, siquiera aproximadamente, el número de turistas que se plantan en los carnavales chicharreros en los últimos años. Son ya miles, pero muy pronto podrán ser bastantes más. Bajas desde la plaza Weyler y hasta llegar a la plaza España puedes escuchar inglés, francés, alemán, italiano, ruso y polaco. Todo el mundo puede ser bienvenido, por supuesto, pero estamos en el principio de un auténtica guirificación de las fiestas. Y el estatuto de los nuevos participantes es diferente. El vecino forma parte del feliz barullo. El turista visita el mogollón y con un mínimo coste, un modestísimo consumo y un código distinto. Una cosa es venir a bacilar y otra distinta es que tu forma de divertirse sea abollar cabezas y romper piernas, como en Las Verónicas. Más policías que nunca patean los carnavales y en el aire zumban los drones como moscones tan insistentes como inútiles. Cada vez son más numerosas las broncas y las intoxicaciones etílicas de adolescentes; de violaciones no se sabe nada, porque el mito de unos carnavales sin ninguna violación en los últimos cincuenta años debe respetarse escrupulosamente. No sería superfluo que el ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife reparara en los verdaderos peligros y derivadas indeseables de la fiesta –demasiada intromisión en lo que no es necesario y demasiada poca en lo urgente– y moderase su habitual y amormante patriotismo carnavalero.

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