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Opinión | El recorte

Burkas y lenguas

El futuro real decreto de regularización extraordinaria de inmigrantes incluirá el conocimiento del catalán como requisito para acreditar el arraigo

Dos mujeres con burka en Kandahar (Afganistán).

Dos mujeres con burka en Kandahar (Afganistán). / EFE

El mundo se ha convertido en una empresa de demoliciones. Los príncipes son detenidos por no cerrar el pico y dejar el canario en la jaula, los jefes de la policía violan a sus subordinadas, los trenes descarrilan porque las vías son una mierda, el mundo está pendiente de una nueva guerra… Uno se levanta y antes de leer o escuchar las noticias se tiene que poner un chubasquero emocional. Cada día tiene su afán y cada mañana su escándalo.

En medio de toda esta vorágine, nadie presta ya demasiada atención a los escándalos de corrupción. Ni a los juicios. Las chistorras están amortizadas. La gente piensa que todos son iguales y ahora lo que mola son los escándalos sexuales o las revelaciones de la vida íntima de alguien público. El morbo, vamos.

Si estará complicado el umbral de atención que Gabriel Rufián estuvo pensando en llevar una fotocopiadora a la presentación de una nueva alternativa de izquierdas. Pero al final decidió que le presentara Sara Santaholalla, con lo que salió ganando. Y lo que vino a decir es que si la izquierda no se une en las próximas elecciones los van a fusilar en las urnas. Que se tiene que presentar el partido con más votos en cada provincia. Y que los demás deben renunciar para no chingar la borrega. Por mucho que el mensaje tenga una enorme dosis de sentido común, la naturaleza humana hace prever que no le hagan ni puñetero caso. Rufián no ha entendido –y eso que él mismo es una prueba– que los partidos políticos se han convertido en una agencia de colocaciones. Nadie que pueda ser cabeza de ratón está dispuesto a convertirse en la cola de un león progre.

Rufián venía del Congreso de los Diputados donde todos los partidos votaron en contra de una propuesta del PP y de Vox para prohibir el uso del burka. Es esa prenda de la etnia pastún que tapa completamente a las mujeres y que algunos, erróneamente, consideran un símbolo religioso. Una cárcel de tela con la que los musulmanes sunitas visten a sus mujeres en Afganistán y parte de Pakistán. La izquierda española se indignó con la derecha por proponer la erradicación del burka, aunque están en contra del burka, del niqab y hasta, si me apuran, del hábito de las monjas ursulinas. O sea, no es que no quieran eliminar todo eso, sino que quieren hacerlo a su manera. Sin racismo.

Sin embargo, el futuro real decreto de regularización extraordinaria de inmigrantes incluirá el conocimiento del catalán como requisito imprescindible para acreditar el arraigo que se requiere para lograr la residencia y el permiso de trabajo. En Cataluña, por supuesto, porque en Bilbao será el vasco. Es una imposición del partido de Rufián, Esquerra Republicana y del socialista Salvador Illa, que gobierna la comunidad.

Así pues, amigos, prohibir una vestimenta foránea medieval es racismo, pero vincular la residencia en un territorio al dominio de lengua nativa, no. Cabe pensar que si una mujer vestida con un burka es capaz de recitar La pell de brau, de Espriu, diez minutos y sin equivocarse, no solo adquirirá de inmediato la nacionalidad catalana sino, por mor de la influencia de Esquerra, tendrá doble nacionalidad y será también española. Y todo eso sin dar la cara. Más patriótico no puede ser.

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