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Opinión | La Calle Nueva

Racismo

Isabel Díaz Ayuso, durante la sesión de control en la Asamblea de Madrid.

Isabel Díaz Ayuso, durante la sesión de control en la Asamblea de Madrid. / José Luis Roca

El odio al emigrante es ahora cosa del mundo entero…, excepto el universo en el que habita la tristeza de los que no pueden salir de ese atolladero que está entre la pobreza y el racismo… En un tiempo nosotros, los chicos del barrio, los que vivíamos pendientes de que corriera o no el barranco, no sabíamos lo que era el racismo.

Una vez un muchacho del barrio, que era inglés y que vivía allí con sus padres, me arrojó un vómito de leche caliente. Yo no dije nada, sino que me fui a otra parte. En la escuela nos trataban como si fuéramos apestados, pero nosotros no sabíamos que también se nos podía tratar de otra manera. En el colegio, cuando pudimos ir, éramos los pobres y eso se notaba, pero nosotros no lo sabíamos. «Y aquellos que, como Fulano y Zutano, tienen beca, se tendrán que ir de aquí a no ser que aprueben todo». Yo era Fulano.

Ser pobre era como tener una piel distinta a la que tenían los que vivían con otros posibles. Una piel, una ropa… La alegría era lo único que se vivía en el barranco. Ninguna tenía una ropa mejor que la del otro. Éramos equivalentes, nadie era mejor que nadie. La risa era nuestro juguete, y yo viví con ese juguete que a veces no era nada, porque los Reyes no venían por el barrio. Pasó el tiempo y, claro, ya supimos casi todo, pero era tarde para que nos devolvieran la escuela, la dignidad o la comida.

Así que luego supimos lo que era ser pobre y juro por aquel tiempo y por la vida de entonces que racismo no era tan solo aquello que sufrían los que venían de fuera y eran negros. Racismo era también la burla que se hacía de los que no tenían otra manera de ganarse la vida que la limosna o cualquiera de las variantes de la mendicidad. Pero nosotros no éramos mendigos, sobre todo porque no sabíamos nada de la esencia de esa vieja palabra.

Todos, en el barrio, sufrimos las variadas modalidades de la pobreza. Lo más duro de esa experiencia que subrayó nuestras vidas. Pero no nos dábamos cuenta. Hasta nosotros no llega la presencia del hambre. Comíamos lo que había, que a veces venía de las plataneras y de la leche de las vacas. En los colegios de pago eran admitidos gota a gota los que eran pobres pero tuvieron la suerte de encontrar acomodo. En mi curso éramos dos. A veces nos llevaban a la pizarra como si también nos tuviéramos que examinar de pobreza.

Acaso esos hechos, que parecen remotos y que muchos vivieron a la par que yo mismo, de las mismas edades y en las mismas circunstancias, me han hecho especialmente proclive a soliviantarme cuando las circunstancias de la vida actual convierten a los emigrantes pobres, negros, casi blancos, de cualquier color que les dio la vida, en reos de la burla o de la maldad.

España fue, tras la Guerra Civil, un país difícil, callado, obligado a silenciar, en la casa, en la calle o en el trabajo, la razón por la que no se podía hablar o discutir de lo que había sucedido entre nosotros, en los barrios, en las casas, al borde del mar o en las cárceles. Veníamos de una guerra y también de un silencio. Raimon, cuyas canciones vinieron muy pronto a mi casa, tiene esos versos que yo canté cuando no sabía del todo qué quería decir el autor de Al vent… Cantaba Raimon: «Jo vinc d´un silence/ antic i molt llarg/ de gent que alçant-se/ des del fons dels segles……)».

Habíamos vivido (en ese «silencio antiguo y muy largo») esperando que un día esas canciones fueran parte de lo que se cantara en la calle. Entonces estaban calladas o prohibidas las melodías rotas de un país que vino a reencontrarse muchos años después de la contienda. Al borde mismo de la muerte del dictador. Ahora el dictador parece resucitar entre sus muertos.

Hasta muy tarde en la vida eso fue así, y no sería extraño que lo que ahora pasa, en las calles, en los medios, en las Cortes, en los pueblos, en las grandes ciudades o en las chabolas, se revuelva en algún momento, otra vez, como argumentos contra los que han venido a trabajar y no son blancos, por ejemplo.

Sucede cada día que los que han llegado en patera o los que de una u otra manera han tenido oportunidad de encontrar aquí (en España, en las Islas Canarias, en otros sitios de la Península, en el extranjero de las Américas) que son recibidos como si vinieran marcados ya por la culpa de existir y de ser de otro color, de otra estirpe, de un mundo sin porvenir.

En este tiempo Madrid, la capital del Reino, ha sido parte habitual de ese universo en el que se recibe bien al que más tiene, mientras que al otro, al que no tiene, al que ahora se está haciendo aquí su porvenir, se le recibe como al apestado o como al culpable posible de cualquier cosa. Estas semanas se está produciendo en esta ciudad desde la que escribo la consecuencia judicial de un ataque singular contra un «un hombre negro y joven» que venía de las Islas Canarias en su camino de emigrante para incorporarse al lugar que le esperaba en Madrid o en alguno de los destinos que le deparara la suerte.

El acusado había recalado en Alcalá de Henares, procedente de Canarias. En la tierra de Cervantes se le implicó de un delito de agresión sexual para el que parece que no había argumentos. «Es negro, ¿te parece poco?» El hecho ocurrió en enero de 2024. Sin que esa circunstancia lo incriminara, cuando todavía era secreto todo lo que ocurriera en torno al hecho, ya supo el equipo de la presidenta de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, que ese muchacho era negro y que además venía de las Islas Canarias, en una tanda de 1.200 emigrantes. ¿Y era culpable? De eso no se supo, pero bastaba la sospecha para incriminarlo, es tan fácil hacerlo. Si es negro, alguna culpa tendrá…

La presidenta de Madrid había estado alerta a un envío de emigrantes que, desde las Islas, arribaron a la capital de España, se habían establecido en Alcalá de Henares y probablemente, además, fueran causantes de «un brote de sarna y casos de agresiones sexuales». Una información de parecido origen, relatada por El País, explicaba que en esa tanda de emigrantes había uno que probablemente había formado parte de un ataque a una mujer. «En el parte se identificaba al atacante como un hombre negro y joven». Pues ya está: si es negro y es joven, ya está…

Las informaciones no habían sido certificadas. Ni el origen de las mismas, ni las posibles culpabilidades. Pero ya tenía el gobierno de Madrid la certeza de que la sarna y las agresiones venían de los emigrantes. Estos eran los sospechosos. Como se decía en la película Casablanca, «los sospechosos habituales»

Ahora la presidenta de la Comunidad de Madrid ha condecorado al presidente de los Estados Unidos porque su país cumple años. En el tiempo en que el color de la piel y la evidencia de la pobreza forman parte de la guerra contra la emigración, en Estados Unidos, en el mundo, aquel premio es una triste evidencia de lo que significa ahora, otra vez, el racismo.

Como en los años treinta del siglo pasado, la potencia con la que se impone la ley del más fuerte ya no tiene ni vergüenza ni límite. Estos nuevos ricos del mundo, entre los cuales están también los ricos españoles, habitan en su propio ego, cultivando la antesala de la maldad que constituye todos los modos del odio. Y entre esos odios está el odio al emigrante.

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