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Opinión | Punto de vista

Tolete

Tolete

Tolete / El Día

Nunca se han podido llevar a Fitur. No sería por escasez, sino más bien porque todos no caben en el avión. Tampoco es cuestión de pasearlos con orgullo, pero es que son tan nuestros que es imposible dejar de lucirlos. En Canarias tenemos un patrimonio inmaterial que ni la Unesco ha sabido catalogar todavía: el tolete. El tolete es, sencillamente, ese personajillo casi entrañable que convierte lo obvio en un misterio y lo sencillo en una tesis doctoral de primer nivel. Un rebenque de libro que pulula entre nosotros y nos recuerda lo importante que es el don de la cautela y la virtud del equilibrio. Toletes administrativos, urbanos, familiares, políticos… de todo hay en un ecosistema tan nuestro que sería imposible su extinción. El tonto es más peninsular, más universal, aburrido, de catálogo. El tolete, en cambio, es artesanía local. Es patrimonio etnográfico sin subvención, especie protegida por la costumbre y reproducida sin control en las ocho islas. El tolete habla con esa seguridad que te regala la ignorancia alimentada por sus seguidores, que los tiene. No duda jamás. Titubear es de débiles, de gente que consulta, que contrasta, que escucha. El tolete no atienda: sentencia. Es como sintonizar Radio Peje Verde sin el botón de apagado. Y no necesita inteligencia artificial ni tecnologías de vanguardia. El tolete es arquitecto, entrenador, experto en relaciones internacionales y epidemiólogo; es un trabajo de años por encima de sus posibilidades. Hay quien piensa que para detectar a un tolete haría falta una aplicación móvil o un algoritmo de esos que usan los patriotas para detectar quién es el más español. Desacredita a científicos y filósofos porque leyó en Facebook que todo era una conspiración. El tolete es un optimista de libro. Está convencido de que todo se arregla «en un momentito». Los problemas de tráfico, la economía global, el clima, la gestión pública, los cambios tácticos en el Tete… todo cabe en su fórmula mágica que siempre acaba con el icónico: «Eso no es nada». El problema no es el tolete individual. El problema es cuando se juntan varios y se aplauden entre ellos. Presenciar una junta de toletes es un acto maravilloso. Ponle una gorra y un uniforme: por ahí no pasa ni la policía. Aquí aparece mi colega Juanito el FIFA. Siempre elige la peor opción con una seguridad admirable. Tiene un problema adecuado para cada solución. Mete la pata cada vez que puede, manteniendo la compostura pase lo que pase. Elige el momento perfecto para contar un chiste fuera de lugar en el sitio menos propicio. Ellos sobreviven a gobiernos, guaguas, atascos y peleas de vecindario. Lo más inquietante del tolete es que todos llevamos uno pequeño dentro. Un personaje que asoma cuando opinamos de todo, cuando no escuchamos o cuando creemos que el mundo necesita urgentemente nuestra iluminación. La diferencia está en domesticarlo. En llevarlo a dar un paseo por la plaza y traerlo de vuelta antes de que se suba a la guagua pensando que es suya. Tenemos un gran talento que debemos exportar.

@luisfeblesc

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