Opinión | Claroscuro
Saray Encinoso
Lucha de clases, no de generaciones

Pensionistas. / Áxel Álvarez
Hay temas que se deslizan en la conversación casi sin que nos percatemos, hasta que un día descubrimos que lo ocupan todo. Durante los años que siguieron a la crisis de 2007 no hubo sobremesa en la que no apareciera, casi con resignación, el lamento de que los hijos vivirían peor que sus padres. El mito del progreso -esa promesa tácita de que cada generación subiría un peldaño más que la anterior- se vino abajo al mismo tiempo que lo hicieron las hipotecas subprime en Estados Unidos. Con el paso del tiempo, la dificultad para consolidar una carrera profesional, formar una familia o acceder a una vivienda continuó apuntalando esa percepción, y, al final, en vez de lamentarnos, empezamos a buscar culpables y la conversación giró hacia otras cuestiones: ¿tienen alguna responsabilidad quienes ya disfrutan de su jubilación en el abanico, cada vez más estrecho, de oportunidades de los jóvenes? ¿Son los boomers la primera generación que está viviendo mejor que sus padres y también que sus hijos?
Ni yo ni mis compañeros de clase fuimos los primeros de nuestras familias en ir a la universidad. Puede que entonces no fueran mayoría los abuelos, los tíos o los padres con estudios superiores, pero ese camino ya se había iniciado. El futuro todavía era un lugar con el que soñar porque existía una intuición compartida: estudiar ampliaba el margen de maniobra. No sabíamos que la desigualdad se combatía con más y mejor formación y que nuestra historia familiar –padres que ya habían estado en la facultad, padres cuyo empeño era que nosotros estudiáramos– era un precursor de éxito personal, pero entendíamos que el esfuerzo tenía recompensa.
Aunque el mundo ha cambiado, ese vínculo no se ha roto. Todas las investigaciones que analizan la desigualdad detectan mejores resultados educativos entre los niños cuyos padres –especialmente las madres– cuentan con estudios superiores y algunas incluso sugieren que tener libros en casa influye hasta en el salario que percibiremos de adultos. También muestran que la brecha se ensancha cuando el punto de partida es más frágil: mientras el abandono educativo desciende entre jóvenes españoles, aumenta entre alumnos extranjeros. El origen sigue pesando más de lo que nos gusta admitir.
Siento, sin embargo, que el debate de la desigualdad se ha diluido y ya no está en el centro de la conversación pública. Cuando analizamos la avería del ascensor social y reconocemos que los jóvenes no cuentan con oportunidades reales para desarrollar sus proyectos de vida, lo hacemos en términos generacionales, como si la única explicación fuera que los abuelos están robando el futuro a sus nietos. En apenas unos años, hemos pasado de agradecer a los jubilados que sostuvieran economías familiares enteras –ahí están las pensiones durante la pandemia– a señalar a los jóvenes por pagar Netflix o viajar en Ryanair a Bali en verano o a reprochar a los mayores que lleguen a fin de mes con cierta holgura.
Afrontar la falta de futuro para toda una generación sin convertirlo en una guerra de pensionistas contra jóvenes no es solo un asunto narrativo, sino político. Urge recuperar la idea de que el esfuerzo puede ser una verdadera palanca de cambio. Es una cuestión de justicia social, pero también de salud democrática: si seguimos construyendo víctimas, el deseo de venganza estará por encima del deseo de justicia y continuaremos abonando el campo a la ultraderecha.
Por eso, creo que debemos seguir debatiendo sobre la sostenibilidad del sistema de pensiones. Que esté tensionado no significa que lo esté por la supuesta opulencia de sus beneficiarios, sino por una crisis demográfica que altera el equilibrio sobre el que fue diseñado. Pero el debate no puede agotarse ahí, también exige continuar hablando de vivienda, de acumulación de riqueza y de fiscalidad. Si reducimos la conversación al mantra de que los pensionistas cobran demasiado o a la caricatura de que los jóvenes dilapidan sus ingresos en ocio, nos quedaremos en la superficie. La cuestión es por qué el crecimiento ya no se traduce en movilidad social y por qué el origen pesa cada vez más que el esfuerzo. Sin esa discusión, el llamado conflicto generacional corre el riesgo de convertirse en una coartada cómoda, una forma de simplificar lo que en realidad es un problema mucho más complejo.
- La Aemet prevé heladas en las cumbres de Tenerife y vientos muy fuertes durante la madrugada
- La honradez de un padre: acude a un guachinche de Tenerife a pagar la cuenta de su hijo, que hizo un simpa con sus amigos
- El Ayuntamiento de La Laguna inicia la mejora del adoquinado del entorno de la plaza del Cristo
- Dos ladrones atracan con cuchillos un local comercial en Vistabella
- La Laguna acoge una nueva edición de ‘La Casa de Gepetto’ con motivo del Día del Padre
- Multa de 200 euros por llevar la baliza v-16 pero ignorar esta regla básica de seguridad durante la conducción: la Guardia Civil vigila a los conductores tinerfeños
- La Aemet avisa de una jornada marcada por los vientos fuertes y la lluvia débil en el norte de Tenerife este domingo
- Llega una nueva borrasca, ¿cómo afectará a Canarias?