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Opinión | Un carrusel vacío

Marina Casado

Marina Casado

Profesora, Dra. en Literatura española. Premios de poesía: Carmen Conde, León Felipe, Paul Beckett.

Doctor Google

Doctor Google

Doctor Google / El Día

Llevo varias semanas experimentando vértigos persistentes y todavía desconozco su origen. Mientras me hacen pruebas médicas para averiguarlo, resisto la tentación de consultar al «Doctor Google», que es algo que todos hemos hecho alguna vez cuando hemos sufrido algún percance de salud. Lo malo es que el este particular y tan accesible doctor tiene la capacidad de interpretar un simple dolor de cabeza como una señal inequívoca de la existencia de un tumor cerebral. Y claro, si eres un poco sensible, ya prácticamente te pones a redactar tu testamento sin haber pasado antes por un médico de verdad.

Más de una vez he caído yo en esto. Pero sé que no soy la única: vivimos en una época en la que usamos el exceso de información que nos rodea para luchar contra la tan temida incertidumbre. Nuestra necesidad de controlarlo todo nos ha conducido a otorgar a Internet un papel que no debería tener, porque en ningún caso podría sustituir a un médico. No es lo mismo buscar en YouTube un tutorial para purgar un radiador que consultarle por un lunar que te ha salido en el brazo. Probablemente, si te arriesgas a lo segundo vas a encontrarte con un diagnóstico de cáncer de piel. Y la utilidad de un radiador no nos afecta del mismo modo que nuestra salud, está claro.

Se trata de una situación tan común en nuestra época que incluso existe una palabra específica para definir la ansiedad causada por la consulta compulsiva en Internet de síntomas de enfermedades: «cibercondría», que podría traducirse como «hipocondría cibernética». Confiamos tanto en la tecnología que nos llegamos a autodiagnosticar a partir de la información que encontramos en Internet, y lo cierto es que se sufre mucho, si te lo tomas en serio. He llegado a pasar noches en blanco.

Hace unos años, experimenté una serie de episodios breves de gastroenteritis en un corto espacio de tiempo. Dio la casualidad de que el primero se produjo una tarde tras beberme dos cafés seguidos. Mi madre le restó importancia: «A mí siempre me sienta mal el café por la tarde», sentenció. Las madres, a veces, son como un «Google» espontáneo y versado en todo tipo de cuestiones. El caso es que, tras uno o dos episodios similares más –aunque no fuera con café–, me centré en el primero para pedir opinión en Internet. Busqué algo así como «indigestión tras dos cafés» y una de las primeras entradas me indicaba la posibilidad de que se tratase de una intolerancia a la lactosa –los cafés eran con leche, claro–. A partir de ahí, todo fue en picado: en cuanto tomaba algo con lactosa, me ponía fatal. Acabé asumiendo que, en efecto, era intolerante. El mundo de los helados, de los batidos, de la leche condensada me cerraba sus puertas de oro. Según señalaba la página web de no sé qué clínica, la intolerancia puede producirse en cualquier momento: no tienes que nacer con ella. El drama había llegado para quedarse, partiendo de la no desdeñable cuestión de que yo ya soy, de por sí, una persona muy dramática. Cuando me hice las pruebas en el médico, di por hecho que el resultado sería positivo: lo único que cabía esperar es si el grado de intolerancia era mayor o menor. Sorprendentemente, resultó que no era intolerante. Lo que pasaba, en realidad, es que tenía el famoso Helicobacter pylori, al que hubo que combatir con antibióticos. Y como mi madre ya había previsto, tampoco me sienta bien tomar más de un café por la tarde.

Ahora recuerdo aquella racha como «mi intolerancia psicológica». Estaba tan convencida del diagnóstico de Internet que llegué a experimentarlo realmente. En los últimos tiempos, este riesgo se ha incrementado mucho con la popularización de la inteligencia artificial, que ya está al alcance de todos. Ahora, puedes preguntarle a Chat GPT y él te responderá de una manera más personalizada; precisamente por eso es aún más peligroso. Además, debemos saber que, en sus respuestas a nuestras consultas, Internet concede mayor relevancia a las posibilidades más dramáticas, como las enfermedades terminales.

Nos ahorraríamos muchos disgustos si las preguntas se las hiciésemos a un profesional de la salud. Pero para eso hay que pedir cita, aguardar al día de la cita, que nos den fecha para una prueba, esperar a que salgan los resultados de dicha prueba, volver a pedir consulta con el médico… Y, mientras todo esto sucede, la tentación de «pedir una segunda opinión» a Chat GPT está a un clic de distancia. Yo tengo la suerte de contar con un hermano médico al que bombardear con dudas: una inteligencia «natural» que me responde siempre empezando por un consejo: «deja de buscar en Google; no tienes cáncer».

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