Opinión | Análisis
Ana Díaz
El valor de la palabra

El valor de la palabra / El Día
¡Hace unos días, con motivo del Día Mundial de la Radio proclamado por la Unesco en 2011, me trasladé mentalmente a mis inicios en el periodismo. En aquella etapa universitaria, imperaba el criterio de que «las palabras se las lleva el viento», subrayando un supuesto dominio del papel sobre el medio sonoro.
Eran los años 80, una época en la que la profesión se vivía como un sacerdocio dedicado a la verdad y al cambio social. El tiempo, sin embargo, nos ha demostrado lo contrario: las palabras no se desvanecen; permanecen en el recuerdo y resurgen para desafiar nuestras certezas. Ni la prensa escrita desbancó a la radio, ni la imagen ha dejado de moldear nuestra visión del mundo. En este escenario, el desafío sigue siendo el mismo: devolverle a la palabra su integridad.
Afirmaba Buda que «las palabras tienen el poder de destruir y de sanar», Nelson Mandela las definía como «el arma más poderosa» y el Papa León XIV, en sintonía con los desafíos actuales, ha señalado que nuestro primer gran reto es «redescubrir el significado de las palabras» para que el lenguaje vuelva a ser un puente de encuentro y no de división. Estas sentencias nos alertan sobre el arriesgado ejercicio que, a diario y casi por inercia, realizamos al dialogar y, especialmente, al opinar. Porque las palabras no se evaporan; anidan, quedan grabadas a fuego en la memoria y, una vez lanzadas, carecen de retorno. Permanecen en el corazón de quienes las escuchan y conforman una huella que nos sacude cuando menos lo esperamos.
Formo parte de una generación que honró la integridad de la palabra hasta convertirla en aval de compromiso. Recuerdo cuando mi padre compró un electrodoméstico a plazos en el comercio de un amigo; el disgusto que le produjo tener que firmar unas letras para formalizar la compra fue inmenso. No entendía por qué no bastaba con su compromiso verbal. Se había formado en la convicción de que empeñar la palabra era entregar la propia credibilidad.
Este fundamento, que funcionaba como guía del comportamiento social, humanizaba las relaciones y las sometía a una disciplina ética: decir la verdad bajo cualquier circunstancia y ser leales a lo prometido. Como vestigio de ello, nos quedan los acuerdos que aún se sellan en el mundo rural con un apretón de manos, donde el único aval es la dignidad.
Recuperar hoy ese valor no es un ejercicio de nostalgia, sino una necesidad democrática. En un tiempo de ruidos y verdades a medias, el periodismo debe volver a ese compromiso esencial; no para idealizar el pasado, sino para entender que nuestra única divisa sigue siendo la credibilidad. Si la palabra dada ya no basta para sellar un contrato, que al menos la palabra escrita o pronunciada sea, de nuevo, un vínculo innegociable con el otro. Al final, el reto del periodista sigue siendo el mismo que el de aquel hombre que se resistía a firmar una letra: ser dueño de lo que dice para ser dueño de su propio honor.
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