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Opinión | La cantina ilegal

Y la fueron a enterrar...

Coso del Carnaval de Santa Cruz de Tenerife

Coso del Carnaval de Santa Cruz de Tenerife / María Pisaca Gámez / ELD

Yo pensaba que ayer martes sería un día tranquilo, siempre suele serlo; pero este año, supongo que es por la concesión a mi Cantina de una estrella Michelín, ayer se llenó a reventar de amigos que venían a felicitarme, y a felicitar a mi viejita, por tan importante galardón. Total que el Coso quedó relegado a un segundo plano y la celebración de la estrella provocó que me dieran las doce de la noche, conversa tras conversa y platos de garbanzas a discreción. Mi vieja está, la pobre, que no cabe en si misma.

Total que, a lo tonto a lo tonto, nos hemos plantado en el miércoles de ceniza, día oficial del comienzo de la cuaresma. Día en el que, según los historiadores, acaban oficialmente las carnestolendas, y empieza Doña Cuaresma con la quema de la sardina; una hoguera que al parecer se utilizaba simbólicamente para quemar en ella todos los excesos cometidos durante la fiesta. Así que, siguiendo la costumbre, esta noche podemos quemar, junto con la sardina, no sólo los excesos, sino todo aquello del Carnaval que no nos ha gustado. Yo quemaré la forma de desfilar de las murgas infantiles; las canciones de las adultas que juegan a aprovechar las lagunas de las bases y las llevan al límite, de las Agrupaciones quemaré su concurso y lo cambiaré por otro que ponga el recinto a reventar, de las rondallas el tema de libre elección, de la cabalgata su encantador desorden. De la Gala quemaré la forma de puntuar a las reinas y lo que se han fumado aquellos que la comparan con la de Amargo, las bases del concurso de murgas adultas, los precios de los kioscos, los de la feria de atracciones... quemaría el actual carnaval de día para darle un toque más familiar, que no se parezca tanto al de la noche.

Reconozco que me hubiera gustado vivir aquellos años en los que el ritual consistía en prender a la sardina y ponerse a bailar todos a su alrededor cantando aquello de: La sardina se murió... jo jo jo... y la fueron a enterrar.

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