Opinión | El recorte
¡El mejor noooo, que gane el otro!

Felipe González considera que la UE debe realizar un pronunciamiento claro sobre Gaza
Los líderes de la mafia, como el príncipe de Maquiavelo, siempre matan con mano ajena. No se ensucian bajando al barro; envían a sus esbirros para que se encarguen del trabajo. Los presidentes de Gobierno matan con el BOE, como hizo Aznar, o mandan a sus ministros a apuñalar al enemigo, como ha hecho Sánchez con Felipe González.
En el socialismo español nunca ha tolerado bien la crítica pública de asuntos internos, que se regían por el principio de que los trapos sucios se lavan en casa. Desde la época de Alfonso Guerra y su famosa frase, «el que se mueva no sale en la foto», si alguien quería ir en alguna lista tenía muy claro que debía apoyar a la dirección del partido. Pese a ello existían durísimas discrepancias. Tantas que Felipe González dimitió como secretario general del partido –sin tomarse cinco enamorados días para la reflexión– para que los suyos renunciaran al comunismo y la obsoleta revolución del proletariado. Y tuvo que tragarse las críticas públicas de los integrantes de Izquierda Socialista, una corriente interna representada por Pablo Castellano.
En el PSOE siempre ha existido un «número uno» indiscutible, llamado «dios» o «el puto amo». Pero ese líder se apoyaba en los barones territoriales. No gobernaba en contra de sus aliados, porque el partido crecía desde abajo hacia arriba. Su implantación territorial era su fortaleza. En este nuevo tiempo, Pedro Sánchez no está sostenido en un poder territorial, que ha desguazado y perdido, sino en su propia proyección personal de liderazgo mediático. La marca no es el PSOE, sino Sánchez. Los que le apoyan porque les va la vida –y el sueldo– en ello. Y los que le detestan. Ha polarizado la sociedad, como a su propio partido, en sanchistas y antisanchistas. Eso no lo hizo nunca Felipe González.
«Hoy no me representan en mi propio partido, no los votaré», dijo González. Y se abrieron las puertas del Averno. Los ministros sacaron sus puñales de debajo de sus togas y se lanzaron a cuchilladas contra el anciano líder socialista, el último gran hombre de Estado en la presidencia de un gobierno español.
Lanzar tajos contra un fantasma del pasado es inútil, pero los esbirros de Sánchez la asumen con asalariado entusiasmo. El mismo con el que esta gentuza sí considera legítimo decir públicamente que el fallecido Javier Lambán fue el verdadero culpable de la derrota del socialismo en Aragón. Es repugnante meterse con los muertos y los ancianos. Pero en esa iglesia edificada por Pedro, a los herejes se les incinera y sus nombres se borran de las piedras a martillazos. Por ahí están vagando, sobreviviendo como pueden, los fantasmas de Susana Díaz, García Page, Lambán, Tomás Gómez, Jordi Sevilla, Nicolás Redondo Terreros, Alfonso Guerra, Juan Lobato o, entre otros muchos, Eduardo Madina. Versos sueltos que se resisten al naufragio del socialismo cesarista español, intentando salvar su dignidad de un vomitivo vasallaje que no están dispuestos a ofrecer.
Estamos otra vez en aquel chiste de Ricardo y Nacho sobre un combate de boxeo. Felipe y Aznar, con guantes, y un árbitro que dice: «adelante y que gane el mejor». Y un público que grita: «Nooooo. El mejor nooooo. Que gane el otro».
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